Colectivo de Estudios Walter Benjamin[1]
Resumen
En el Colectivo Comunista Walter Benjamin, en los últimos meses, hemos dedicado nuestro esfuerzo reflexivo y político a construir una “noción crítica” de víctima, inspirados en un conjunto de tesis que deseamos compartir. Por un lado, la urgencia de retomar las reflexiones del filósofo Walter Benjamin sobre la dimensión política de la memoria, las críticas a las concepciones dominantes de historia y de progreso, la peculiaridad de la memoria de las víctimas y los sobrevivientes, el filósofo como cronista en la orilla de las víctimas y los oprimidos, la conversión de los sentimientos de la víctima en dimensiones de justicia, el relato de las víctimas como una filosofía crítica de la historia, entre muchas otras. Por el otro, la necesidad de hacer explícitas las diferencias entre una “concepción dominante” de víctimas y una “noción crítica”, a partir de la distinción gramsciana entre hegemonía y contra-hegemonía. La noción dominante, atada a lo jurídico-legal, postula un significado bastante restrictivo, privilegia el cuerpo sufriente, instrumentaliza los Derechos Humanos y normaliza (sacralizando) ciertas prácticas violentas. La crítica a la concepción dominante de “víctima” busca ampliar sus significados, tomar distancia de lo exclusivamente sacrificial, mostrar los límites del juridicismo, transformar los Derechos Humanos, reivindicar la dimensión de subjetividades políticas de las víctimas y realizar una crítica radical a la violencia.

Palabras Clave: Víctimas, Derechos Humanos, sacrificialidad, crítica.

La relevancia contemporánea y la nueva visibilidad de las víctimas pueden tener finalidades plenamente divergentes, lo cual exige una mayor atención a la reflexividad crítica. No puede limitarse a una visibilidad sociológica o histórica, en sentido positivista, que se convierta en la simple constatación estadística de registro, sub-registro o tipologías de victimización-victimarios, como tampoco meras acciones asistencialistas de re-victimización. El asunto de su “centralidad” o “nueva visibilidad” y su finalidad última es determinante en una lectura crítica de las víctimas.

La violencia, con sus diferentes formas de expresión, hace parte de la Historia de la humanidad. Hablar de violencia implica hablar de dominio, poder, crueldad y destrucción. Hechos violentos como los ocurridos alrededor del proyecto colonial y el proyecto nazi han conmocionado al propio Ser humano en algunos casos, mientras que en otros no hay ninguna reserva ética o moral. Una de las perspectivas, centrales de este artículo es, por lo tanto, explorar y explicar, desde el concepto de víctima, qué tipo de situación presenta el Estado colombiano respecto del conflicto social y político que se ha desarrollado por más de medio siglo y cuyo discurso actual es el de la reparación y la transición hacia la paz.

El inicio del punto 5 del “Acuerdo General para la Terminación del Conflicto”, en La Habana, la afirmación expresa: “resarcir a las víctimas está en el centro del acuerdo Gobierno Nacional y FARC-EP”, ha empezado a producir alguna atención en los medios de comunicación, e importantes debates, tanto en la academia como en el movimiento popular. En el texto del “Acuerdo General” se consigna la necesidad de reconocer los Derechos Humanos de las víctimas y se privilegia la verdad como exigencia imperativa. Tal vez, la insistencia de los medios de comunicación y las reiteradas declaraciones del carácter “central” de las víctimas, han hecho difuso el hecho de que existen distintos enfoques en la aproximación a esta problemática. Parece que, al evocar la noción de “víctimas”, estamos siempre hablando de lo mismo y esto no es posible en ningún ámbito del pensamiento humano, porque la existencia de disensos, matices y diferencias es inevitable y le es connatural. Para evitar la instrumentalización de la noción de “víctimas” y reconocer su potencia emancipatoria, es necesario subrayar sus contradicciones, matices y polémicas.

La violencia, además de producir víctimas, supone la presencia de un otro exterminador, es decir, de quien o quienes asumen el objetivo destructivo, lo que implica la cuestión del reconocimiento del Otro en todas las dimensiones, incluidas las de las clases sociales; esto, sin lugar a dudas, implica la configuración de una ética de la responsabilidad.

En el contexto que vive Colombia, de más de 50 años de violencia, se han impuesto las nociones de sociedad, el orden de cosas según la comprensión y los intereses de las clases dominantes, desconociendo el sentir nacional de las mayorías rurales y urbanas. El uso de la violencia por parte del Estado como reemplazo de las formas democráticas de hacer política es el síntoma más evidente de la crisis de la Nación.

Excurso Etimológico
De acuerdo con el Diccionario de la RAE, aparecen varias acepciones: (Del lat. vĭctima).

1. f. Persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio.

2. f. Persona que se expone u ofrece a un grave riesgo en obsequio de otra.

3. f. Persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita.

4. f. Persona que muere por culpa ajena o por accidente fortuito.

Como se ve, dos elementos saltan a la vista: El primero, la relación del término con lo sagrado, con el sacrificio, en el cual se sublima la Muerte (víctima propiciatoria). En este caso, y en relación con la segunda acepción, el protagonista no necesariamente es un agente pasivo, sino que, eventualmente, puede ser que se ofrezca como voluntario. Incluso, en la Grecia Clásica, la víctima (Thyma) era toda ofrenda sacrificial, tal vez rezagos de una antigüedad en la que los sacrificios humanos eran norma aceptada con el fin de restablecer el Cosmos, apaciguando la ira de los dioses, pero que ahora se habían transformado hasta el simbolismo, para la expiación de una ‘falta’ colectiva. En este sentido, se relaciona con el segundo elemento que interesa resaltar, y es que, en la medida en que la falta es colectiva, uno de los estatutos de la víctima era su inocencia, su estado de indefensión en el momento de ‘padecer’ (más o menos voluntariamente, en ciertos casos) el daño o la ejecución. Esta connotación se extendió con el cristianismo en la figura del ‘mártir’, aquél que entrega su vida para redimir a la Humanidad de sus faltas: Cristo, el cordero sacrificial que se inmola para la salvación de la Humanidad.

Entonces, por lo menos, tres elementos resaltan:

1. La noción y el estatuto de víctima es bastante preciso, aunque derivado de su pasado ritual, y, por lo tanto, se muestra impregnado de elementos religiosos de carácter teológico.

2. Su estado de inocencia e indefensión, correlatos ineludibles del hecho padecido, y que coluden para crear su estatuto.

3. La Validación o justificación de la violencia ejercida sobre un individuo, en nombre del “bien común” (Chivo expiatorio, víctima propiciatoria, etc.).

Así, la noción dominante, o por lo menos la comúnmente utilizada, no puede desprenderse de cierta carga teológica, que, como veremos, se traslapa bajo su acepción jurídica.

Por otra parte, de entre las Ciencias sociales, se destaca el Derecho, gracias a su proverbial afán de precisión técnico-administrativa, en su operatividad de ocultación de viejos contenidos religiosos, implícitos bajo el velo formal de su operatividad moderna. Foucault ha sugerido sintomáticamente tal connivencia al referirse a “la presencia y persistencia de los significados religiosos en las operaciones modernas del derecho penal, la purga de la pena y las penitenciarías como los espacios idóneos, no tanto de reinserción social de los delincuentes sino del sentido del castigo derivado del penar de los pecados y la penitencia.” (Marín, 2012. P. 10)

Este concepto de víctima dominante, queda pues definido y delimitado por la categoría de delito, cargado a su vez de significaciones múltiples que contienen en sí mismas el periplo de la secularización del sacrificio y de la historia del derecho en las sociedades occidentales.

“En todo caso, a lo largo del itinerario de la definición de víctima se destaca que el término ha sido utilizado también en acepciones más amplias, que buscan trascender su carácter religioso. Esta incorporación de significados ha sido tarea desarrollada primordialmente por diversas ramas del derecho. Las diversas acepciones de víctima, principalmente las acuñadas por los estudios de victimología, han incorporado nuevos elementos en su definición, tales como: (1) la afectación, tanto en el plano individual o colectivo, determinada por factores de origen físico, psíquico, económico, político o social, así como del ambiente natural o técnico29; (2) el sufrimiento resultado de un designio, incidental o accidental; (3) el sufrimiento de manera injusta. Con ello, se puede indicar que dos rasgos decisivos de la definición jurídica de víctima, que refuerzan sus contenido sacrificial, lo constituyen el sufrimientoy la injusticia.”(Ibíd. P 11) [Cursivas en el original]

Adicionalmente, uno de los mecanismos eminentes en la determinación de la víctima es el de ‘crimen’. Lo anterior encamina a referirse a la definición de víctima desde su representación jurídica, la cual, cabe recordar, que establece, junto con los contenidos sacrificiales ya referidos, la noción dominante. (Ibíd.)

“De manera sucinta se puede señalar que, desde la perspectiva jurídica, víctima es la persona que sufre la acción criminal, esto es, la persona cuyos derechos han sido violentados en actos deliberados. Se trata, a todas luces, de una comprensión restrictiva de la noción de víctima.” (Ib., p 12)

Finalmente, la Resolución 60/147 aprobada, unánimemente, por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 16 de diciembre de 2005, dispone, en su Artículo 8º:

“Se entenderá por víctima a toda persona que haya sufrido daños individual o colectivamente, incluidas lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdidas económicas o menoscabo sustancial de sus derechos fundamentales, como consecuencia de acciones u omisiones que constituyan una violación manifiesta de las normas internacionales de Derechos Humanos o una violación grave del Derecho Internacional Humanitario”.

Esta definición de víctima adolece de las mismas limitaciones señaladas acerca de lo sacrificial y el juridicismo. En ella se plasma de forma directa la noción dominante y restrictiva de víctima. Primero, se enmarca en el individualismo del derecho burgués moderno, al centrar la condición de víctima en “toda persona” individual que haya sufrido algún tipo de daño. Segundo, predomina la noción del cuerpo y mente sufriente como condición de la victimización en la sacrificialidad. Tercero, termina sometida a una perspectiva legal unilateral, para la cual se es víctima sólo cuando hay una violación manifiesta de normas internacionales de Derechos Humanos o una violación del Derecho Internacional Humanitario. Cuarto, se presenta una justicia reducida a violación de normas, reglas o representaciones jurídicas. Quinto, se limita el fenómeno de la victimización a ser sujeto pasivo de un delito tipificado.

Consideraciones
La coyuntura nacional planteada desde La Mesa de la Habana, obliga que desarrollemos un concepto de víctima más amplio, que pueda aplicarse tanto al contexto colombiano como a los desarrollos que sobre ello se adelantan internacionalmente; y que, además, incorpore la voz de los vencidos.

Para la aproximación crítica al concepto, se requiere hacer uso de su significado político radical, intrínseco al tratamiento sobre los Derechos Humanos; el sentido político nos proporciona entenderlo como momento social, jurídico y humanista, que logra trascender el mero discurso de sufrimiento, de sacrificialidad, para posicionarse en el terreno de la reivindicación, del reconocimiento de ese sujeto, a quien, además de padecer vejámenes que afectan y comprometen gravemente su condición física, se violenta y cercena su pensamiento, su subjetividad y su rol como sujeto político.

El sistema hegemónico actual, instrumentaliza el manejo de los Derechos Humanos de manera reiterativa para sus fines políticos, ya sea de forma positiva o negativa, circunstancia que, independientemente de la intención coyuntural oculta, conlleva el fin ulterior de apropiarse de sus contenidos. Atrás queda su entendimiento como movimiento social de resistencia o reclamo, emplazamiento de actos, hechos y acontecimientos de tensión, de correlación de fuerzas, que impliquen exigencia de reconocimiento de la dignidad humana, con potencial crítico, y que ubique las luchas populares como fuerza estructurante del desarrollo ético de una sociedad.

De otra parte, la construcción de un concepto tal tiene que ir más allá de su noción estrictamente tipificada por la Ley, dejando por fuera aquellas situaciones y actos que atentan contra la dignidad y la calidad de vida de las personas, pero que, como no están incorporadas en la normativa vigente, no son tenidas en cuenta al considerar su carácter. La víctima es actor de primer orden al momento esclarecer la Historia de Colombia; son ellas, igualmente, las que han sido señaladas por reclamar justicia. Este estigma deviene de concepciones fundamentadas en nociones como Enemigo Interno, dentro de la Doctrina de Seguridad Nacional, lo cual ha justificado asesinatos, persecución, amenazas, desplazamientos y desapariciones, entre otras violaciones a los DD HH.

En la dinámica de la víctima sacrificial, no existe una aceptación o reconocimiento de pesar social por el dolor padecido por ciertos individuos durante generaciones, lo cual es un indicador de su éxito como mecanismo para devolver cierto equilibrio interno (a personas) y externo (al grupo), y que hace del sacrificio un acto trascendente. Un ejemplo de este tipo de concepto es el cordero sacrificial, Jesucristo, la víctima por excelencia, y toda la simbología que arrastra.

Sin embargo, a partir de la Segunda Gran Guerra, al complejizarse o agudizarse las contradicciones propias del devenir hegemónico, algunos elementos en las víctimas han variado; a partir de la experiencia Nazi se ha producido una sucesión de victimas sin valor residual, despersonalizadas, deshumanizadas, es decir, despolitizadas.

La víctima es incómoda, por lo que el olvido y silencio social la determinan; de ella no se habla, lo que constituye un punto de giro para que las acciones del Terrorismo de Estado trasciendan impunemente a otras generaciones. La instauración del terror desde el propio Estado hace que él mismo deba aniquilar sus elementos clandestinos naturalizados, es decir, al propio Estado clandestino perpetrador, y repare el daño ocasionado, solo posible si desde lo jurídico se inscribe la acción de reconocimiento de su propio accionar.

Conclusiones
La magnitud de los hechos de violencia, tal vez no sea abarcable por ningún concepto en este momento; la masividad, y lo siniestro y clandestino de las metodologías utilizadas deben, necesariamente, haber producido un tipo de víctima que tampoco podamos conceptualizar claramente, por ahora. Sin embargo, cabe traer aquí las palabras de S. Sonntag (2003) al respecto: “La compasión es una emoción inestable, necesita traducirse en acciones o se marchita.[2]” En nuestro intento por superar cualquier estratificación entre víctimas de primera y de segunda clase, o entre víctimas según actores armados, las víctimas se han transformado en nuestras educadoras. Su duelo y sufrimiento se convierte, así, en acciones formativas para la sociedad colombiana. El caso colombiano será considerado paradigmático por la aplicación de políticas excesivamente represivas, cuyos modelos o antecedentes han sido puestos también en marcha en otras regiones de nuestra América Latina; pero también, por la consideración novedosa dealgunas acciones como educativas, pedagógicas.

En primer lugar, la ausencia de deseo de venganza en sus narrativas, nos enseña que es posible una vida sin odio y resentimiento, que es posible contagiar a otros seres humanos de la posibilidad real de sociedades solidarias y compasivas. Que la verdadera justicia no puede confundirse con la agresión al culpable o la eliminación del victimario.

En segundo lugar, la conciencia de que, las injusticias vividas, nos permiten experimentar cómo, en la comunidad de sufrimiento no existen jerarquías, ni el deber de la memoria de las violencias injustas tiene ranking. Su condición amplía la sensibilidad frente a cualquier violencia arbitraria, ejercida contra cualquier Ser humano o especie vital.

Las Leyes, dentro de la consigna de reparación, tienen un valor que permite que la memoria y la justicia vuelvan a habilitar sus canales para determinar la verdad; el discurso jurídico, entonces, deviene en productor de verdad, respecto de las víctimas consideradas tanto como sociedad, como capa o clase social que se pretendió eliminar, como en su individualidad.

En conclusión, transitamos hacia una noción crítica de víctima, siempre en construcción, lejana de la sacrificialidad y el juridicismo, con distancia de las “declaraciones universales”, transformadora de los Derechos Humanos, y abierta a la experiencia de las personas protagonistas de la Historia.

Conocer el concepto de víctima del conflicto social y armado requiere, entonces, que conozcamos y caracterizamos la crisis social, el modelo de guerra, los atentados masivos, y sobre todo el sujeto social sobre quien recae la victimización, que puede dar como resultado una trama de identificaciones que dé soporte a una nueva noción liberadora.

Referencias:
Arias Marín, Alán (2012). Teoría Crítica y Derechos Humanos: Hacia un Concepto Crítico de Víctima. En Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. Universidad Nacional Autónoma de México. 36 (2012.4) http://dx.doi.org/10.5209/rev_NOMA.2012.v36.n4.42298

Sontag, Susan. Regarding the Pain of Others. New York: Picador/Farrar, Straus and Giroux, 2003; 126.

Bibliografía de Apoyo
Cepeda, Iván y Girón, Claudia. La segregación de las víctimas de la violencia política. En: Rettberg, Angelika (compiladora). Entre el perdón y el paredón. Bogotá: Universidad de los Andes, 2005.

Hoyos Vázquez, Guillermo (editor). Las víctimas frente a la búsqueda de la verdad y la reparación en Colombia. Bogotá: Universidad Javeriana, 2007.

Reyes Mate, Manuel. La actualidad de las víctimas. En: Reyes Mate, Manuel. A Contraluz. De las ideas políticamente correctas. Barcelona: Anthropos,

——————–. Justicia de las víctimas. Terrorismo, memoria, reconciliación. Barcelona: Anthropos, 2008.

Tamayo Ayestarán, Alfredo. El narcisismo maligno y las vícitimas. En: Sucasas, Alberto y Zamora, José (editores). Memoria – Política – Justicia. Madrid: Trotta, 2010.

Todorov, Tzvetan. Memoria del mal, tentación del bien. Barcelona: Penísula, 2000.

Verón Ospina, Alberto. El filósofo como cronista de las víctimas. En: Sucasas, Alberto y Zamora, José (editores). Memoria – Política – Justicia. Madrid: Trotta, 2010.

Zamora, José. La provocación de las víctimas. A vueltas con la filosofía de la historia. En: Sucasas, Alberto y Zamora, José (editores). Memoria – Política – Justicia. Madrid: Trotta, 2010. Zolo, Danilo. La justicia de los vencedores. De Núremberg a Bagdad. Madrid: Trotta, 2007.

[1] Elaboración: Nancy De La Hoz; Sergio De Zubiría S.; Jerson A Arias Acevedo, Edison F. Báez; Álvaro J. Botero Cadavid.

[2] Compassion is an unstable emotion. It needs to be translated into action, or it withers. Regarding the Pain of Others (2003)