Por Hernán Ouviña y Henry Renna

Se cumple una semana de revuelta popular en Chile, desde que el viernes 18 de octubre miles de estudiantes de toda la capital realizaron una jornada masiva de evasión en el Metro de Santiago, ante una nueva intentona de los gobiernos neoliberales por despojar y privatizar lo común, en esta ocasión expresada en una nueva alza de pasajes impuesto por el gobierno de Sebastián Piñera.

Ocho días de insubordinación colectiva que, de forma aparente, comenzó como un repudio activo contra el aumento de 30 pesos en el costo de este medio de transporte público[1], pero que, de manera más profunda, representa el desacato contra treinta años de neoliberalismo recargado. Asistimos a una oleada de desobediencia contra el “exitoso” modelo chileno, ayer denominado por gobiernos de la Concertación como el “jaguar latinoamericano” y hoy por el gobierno de Piñera como el “oasis de América latina”[2].

La reacción a este cuestionamiento no fue de escucha ni diálogo; por el contrario: declaración de estado de emergencia, militares en las calles, toque de queda, restricción de libertades, tres mil detenidos, casi mil heridos  y lesionados, varios de ellos de extrema gravedad producto de disparos con armas de fuego[3], muchos a quema ropa, 19 muertos, decenas de acusaciones de violaciones a los derechos humanos por apremios ilegítimos, secuestros en la vía pública, vejámenes en procedimientos policiales, violaciones y sesiones de torturas en estaciones de Metro y cuarteles policiales.

Se torna urgente, por tanto, analizar lo ocurrido más allá de las lecturas superficiales que circulan en los medios hegemónicos. En tal sentido, lo que siguen son algunas hipótesis y un cúmulo de interrogantes, escritos al fragor de este proceso de insubordinación que emerge como punto de quiebre y momento constitutivo en la historia reciente de Chile e incluso de América Latina.

 

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