Por: Victor Valdivieso

Muchos coinciden en decir que este paro nacional puede ser uno de los eventos políticos más relevantes en la última historia del país. Sobre todo, porque desde hace rato no se veía coincidir distintas resistencias –construyéndose cadenas de equivalencia, al decir de Laclau- en torno a una causa “común”: luchar contra las políticas antipopulares de Duque, las cuales no son ajenas a los paquetazos “trasnacionales” trazados por los agentes más rancios del neoliberalismo. Hemos visto distintas resistencias (trabajadores, campesinos, mujeres, afros, indígenas, jóvenes, disidencias sexuales y un largo contingente de anónimos que escapan incluso a descripciones identitarias) movilizarse contra el desgobierno nacional. Y lo hemos visto muchas veces, y ojalá la confrontación callejera se prolongue.

Pero en todo caso, en lo que no coinciden los analistas es en el devenir del paro. De acuerdo a las consignas, muchos concuerdan en que las exigencias deben canalizarse hacia la renuncia del Presidente, propuesta que no es indiferente para la extremaderecha. Ya hasta Fernando Londoño salió a pedirle a Duque dar un paso al costado para que gobierne la Vicepresidenta, eso sí ¡con mano dura! O sea, con mayor represión y menos “conversación nacional” ante los “vándalos” que asedian a la “gente de bien”. Otros señalan que la salida debe ser la de la alumbrar el camino hacia una constituyente, para que con una nueva carta magna se modifique el rumbo del país. ¡Claro! …Como si con una nueva constitución –a través de una ficción jurídica- se pusiera fin a los males que padecen los colombianos. Algunos dicen que el paro debe servir para jalonar el acuerdo de paz traicionado e incumplido por el Estado y las clases dominantes, pues allí es donde están los cambios que requiere la nación. Otros pocos sueñan con que esto desemboque en la constitución de un gobierno democrático producto de la salida prematura de Duque o en la contienda electoral que se avecina. Y varios, quizás más moderados, dicen que todo esto debe servir para contener la agenda de Uri-Duque. Y listo. Pero, de pronto, pueda ser que existan algunos –pesimistas o escépticos- que crean que con todo y este gran torrente popular aún no va a pasar nada, por lo menos no por ahora. Probablemente dentro de esos desatinados me encuentre yo.

En efecto, no creo que vaya a pasar nada “trascendente” con el paro, al menos a corto plazo. Esto lo digo por dos razones. La primera, porque siento un profundo extrañamiento –como lo sienten muchos- hacia el llamado Comité de paro. Con esto no estoy desacreditando a los “bienintencionados” sectores o personas que allí están propugnando por elevar las demandas del paro. Al contrario, creo que hacen una labor encomiable. En realidad, lo digo por los “agentes” tradicionales que dirigen ese Comité. Todos sabemos que estos sectores (reaccionarios y esquiroles) en cualquier momento –producto de su correlación favorable- van a vender y sofocar la movilización. Tal como lo hacen con los pliegos y las demandas de los trabajadores que representan en sus centrales. Por eso creo que en cualquier momento pactan algún arreglo en esas conversaciones nacionales, arañan alguna reforma y sanseacabó. Todos para la casa.

Y la segunda razón es porque quienes están en las calles, que es donde está la verdadera potencia de transformación, no saben hacia dónde van. No digo esto porque esté desconociendo la capacidad de liderazgo de la gente o negando la emergencia de genuinos dirigentes capaces de conducir el paro, sino porque aún no se han consolidado escenarios en el que se unifiquen las demandas populares (salariales, pensionales, identitarias, ambientales, culturales, de paz, etc.) y se organicen en un fuste común y colectivo. Por eso la tarea es madurar esos escenarios de las “asambleas” o comités proparo locales, cívicos, barriales y etc. Es decir, el objetivo, y esto lo veo a futuro no lejano, debe ser ir construyendo un poder y una forma de representación popular –realmente alternativo- que radicalice la batalla contra los dominantes. Un nuevo poder que no aspire a paliativos –ni simplemente a ser gobierno, lo cual no es despreciable pero no debe ser el fin último- sino a implantar cambios estructurales en el país. Amanecerá y veremos.

Para terminar, aunque aún no veo la posibilidad de que este evento se eleve a acontecimiento, sí creo importante acumular en medio de esta disputa. De hecho, creo que esa debe ser la tarea en este momento, a sabiendas que entramos en los días festivos de fin de año. Acumular no para un futuro lejano o hacia otra contienda electoral, sino para elevar la conciencia de la gente que lucha. Explicitar el talante del régimen y de las políticas neoliberales y organizar la rabia popular. Preparar mejor la batalla que se avecina. Dicho de otro modo, de lo que se trata es que esto derive en un gran paro nacional en el que sus consecuencias nos muestren que es posible cambiar la forma en cómo nos gobiernan y construir, desde abajo, nuevas formas de cómo guiar y regir los designios de este país.