por:  Victor Valdivieso.

En un texto bellísimo, titulado Robespierre: virtud y terror, Zizek, con su estilo característico, introduce un chiste que cae como anillo al dedo para describir este momento.

El chiste se basa en aquella anécdota de 1953 en la que Zhou Enlai, primer ministro chino, que participaba en una reunión de paz en Ginebra, fue abordado por un periodista que lo interrogó acerca de su opinión sobre la Revolución Francesa. Frente a esto, Enlai respondió: ¡Todavía es muy pronto para decir algo! Pues bien, ¿no es esta la actitud que deberíamos asumir frente a la situación actual? ¿no sería demasiado pronto para decir algo sobre el Covid19 y sus impactos globales? Quizá deberíamos mejor callar. Especialmente porque aún no sabemos los alcances de la pandemia, ni siquiera los desarrollos del virus en términos medicinales. No me refiero aquí sólo al hallazgo de la vacuna o medicinas contra él, sino a otros elementos más inmediatos. Por ejemplo: No sabemos, por lo menos no a ciencia cierta, las formas para evitar el contagio o para evitar la propagación del SARS- CoV-2. A lo sumo, sabemos que debemos mantenernos alejados socialmente, no para escapar del contagio, sino para no contagiarnos todos al mismo tiempo. Esto último en consideración con los exageradamente precarios sistemas de salud que padecemos. Tampoco tenemos plena certeza sobre quiénes serán los contagiados más vulnerables, pues, aunque el rango de tercera y cuarta edad se cifran como los pacientes con mayor probabilidad de riesgo, no obstante, hoy vemos muchas excepciones que refutan o problematizan esa regla. Es más, recordemos que en principio decían que los animales eran casi que inmunes al contagio y ahora ya hay casos positivos, como el del Tigre del zoológico del Bronx1.

Si estas incertidumbres nos acompañan en el ámbito médico-científico, mucho menos deberíamos estar profetizando o especulando sobre los efectos de la pandemia en términos sociales, políticos, económicos y culturales que viviremos en el mundo. De nuevo, estamos arrojados a una enorme perplejidad. Si la anécdota de Enlai cobra sentido, incluso con el paso de los años será demasiado pronto para decir algo. Sin embargo, lo paradójico del caso es que uno de los primeros que opinó sobre el tema en desarrollo fue el mismo Zizek. De hecho, contra su opinión han aparecido varias reflexiones refutándole. Y el debate aumenta, tal como la propagación del virus.

Disputas teóricas.

Veamos. Zizek nos dice que: “(…) la epidemia de coronavirus es una especie de ataque de la “Técnica del corazón explosivo de la palma de cinco puntos” contra el sistema capitalista global, una señal de que no podemos seguir el camino como hasta ahora, que un cambio radical es necesario” (Zizek, 2020: 23) Según él, una catástrofe global conlleva a una solidaridad también global. Por tanto, la única forma de hacerle frente a este virus, y evitar que la humanidad sucumba, es trabajando juntos –en comunidad- para buscar una solución.

Esta salida no solamente refiere al hecho de lograr una vacuna y socializarla con los contagiados, sino de pensar una solución radical a los problemas que nos aquejan, puesto que “(…) la amenaza llegó para quedarse. Incluso si esta ola retrocede, reaparecerá en nuevas formas, quizás incluso más peligrosas” (Zizek, 2020, p. 25). Todo esto implica que hay que repensar el sistema de sociedad que tenemos. La alternativa, según Zizek, es un comunismo “reinventado”. Es decir, comunismo –aunque reinventado- o barbarie.

Byung Chul Han refuta a Zizek y sentencia que el Covid-19 no derrumbará al capitalismo, sino que lo mantendrá en pie. Incluso, lo robustecerá. De hecho, muestra como en China se han puesto en marcha múltiples dispositivos de vigilancia digital, so pretexto de combatir la epidemia, que refuerzan las medidas disciplinarias. Según Han, estamos ante: “Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas” (Han, 2020, p.102). Hoy controlan a “infectados”, mañana a los subversivos. O simplemente a los otros, a los ajenos, a los diferentes.

Para Han, la situación actual, lejos de activar una solidaridad global, fortalecerá al capitalismo y reforzará sus mecanismos de control contra el nuevo enemigo en común: el virus. Por lo tanto, para nuestro filósofo surcoreano, lo que augura Zizek no sucederá. Todo lo contrario: “(…) China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza” (Han, 2020, p. 110). En consecuencia, si Han tiene razón, el capitalismo se fortalecerá en una versión fascistoide.

Frente a este panorama habría que decir que cualquiera puede ser el camino. Eso dependerá de la fuerza que le impongan los sujetos al desarrollo del acontecimiento. Dentro de ese debate, ya lo dijo Atilio Borón: depende de la correlación de fuerzas. Por eso la actitud de los movimientos sociales no debería ser la de aguardar, pasivamente, hasta que pase la pandemia. Aguardar y esperar a que pase la tormenta es dar la espalda a la gente que sigue en las calles en medio del chaparrón.

Al lado de este debate, Agamben muestra cómo se utiliza la situación de la pandemia para reforzar las medidas disciplinarias. Mucho antes de la proliferación, Agamben advertía el tratamiento biopolítico en el marco del Covid-19. Por ejemplo: i. Restricción de libertades y movilidades (cierre de fronteras, confinamientos y cuarentenas). ii. Instauración de estados de sitio o excepción. iii. Interrupción de la vida cotidiana (suspensión de eventos deportivos, culturales, académicos y demás espacios de concurrencia colectiva). Y, para resumir, iv. Vigilancia activa contra el otro, el infectado. En ese sentido, nos anunciaba algo que ya está sucediendo: cuarentena casi que global, estados de excepción y medidas disciplinarias para aquellos que desacaten las órdenes.

La situación en Colombia: Puras obviedades en medio de una enorme ingenuidad.

Siguiendo a Agamben, podemos decir que en este país las medidas biopolíticas están a la orden del día. De hecho, ahora mismo, algunos estamos confinados producto de la cuarentena. Dizque cumpliendo el deber “responsable” de quedarnos en casa y aislarnos “inteligentemente”. Claro está que muchos siguen en las calles. No porque sean irresponsables, como muchos estilan decir, sino por una obviedad: El hambre no da espera.

También, podemos decir que la vigilancia contra el otro –posible contagiado- está en máxima alerta. Vale decir que esta vigilancia no se ejerce sólo desde las instituciones, sino, además, y principalmente, desde la sociedad civil. Muchos han devenido policías morales, como lo muestra el fenómeno de la “Gestapo de balcón”. Ya saben, una horda de colaboradores del orden que, desde la comodidad de sus casas, fustigan a los “insensatos” que violan la ley de la cuarentena ¡Mero fascismo social! Lo cierto es que las calles están atestadas de policías, muchos disparando comparendos y multas contra los “infractores” ¡Ah, bendito negocio el de la ley! Además, por orden el presidente, hay varias ciudades y municipios militarizados para controlar la propagación del virus. Aunque todos sabemos que los militares están ahí para contener las sublevaciones que se avecinan. Otra obviedad.

Aquí igualmente se instauró el estado de excepción, como anunció Agamben. Duque tiene ilimitados poderes que va reglando vía decretos. Basta mencionar el afamado 444 de 2020 en el que destina buena parte de unos recursos públicos territoriales al sector financiero. Esa obviedad ya ha sido denunciada hasta la saciedad. Y digo que es una obviedad porque, ¿qué más se espera de este gobierno? Lo que sí me parece ingenuo es suponer que el régimen es neutral. Que está ahí para gobernar en beneficio de todos. Y, como todos estamos en el mismo barco, el mandatario nos guiará inteligentemente hacia la salida de la crisis. ¡Bendita inocencia!

Pero siguiendo con la ingenuidad, estas mismas personas creen que el problema radica en que Duque es un incompetente, por eso habría que ayudarle –todos juntitos- a direccionar el país. Muchos de ellos aprontarán medidas para coadyuvar en esta trágica situación ¡No hacerlo sería mezquino! Debemos dejar las diferencias ideológicas de lado, nos dicen, y articularnos todos para paliar la grave situación. No olviden que somos hermanos. O por lo menos, obviamente, esa es la idea que nos venden.

Probablemente Duque sí sea un incapaz, o simplemente un tonto, pero lo cierto es que es bastante coherente con su apostolado ideológico. A diferencia de los que creen en un humanismo despolitizado, este gobierno está buscando la salida de esta situación, pero en favor de los intereses del capital y de su clase social. O no les parece una obviedad – coherente con sus propósitos- que lance el súper programa de “aislamiento inteligente”. Obvio, primero la economía, después el mundo y los humanos. No importa que algunos pobres mueran, total, son vidas que no valen la pena ser tenidas en cuenta. ¿No es obvio, también, que en eso consiste la necropolítica?

Y entonces qué hacer.

A contra del llamado inicial de no emitir cualquier opinión sobre un fenómeno que hasta ahora despliega sus alas, me tomo el “derecho” de aventurar unas opiniones. En ese sentido, quizá la primera exigencia que debemos imponernos es la de salirnos radicalmente de las coordenadas ideológicas del sistema. De lo que se trata es de contradecir o impugnar las recetas hegemónicas y mayoritariamente aceptadas por todos, aún si esto conlleva a recibir el título de monstruo moral por aquellos que suponen cándidamente que podemos desprendernos de la ideología para tramitar esta situación que vivimos.

De esa forma, si ideológicamente se impone que lo que realmente importa es el capital, así miles de seres abyectos –excluidos de ante mano por el mismo sistema- deban morir, entonces por qué ayudar –entre todos unidos- a que el sistema salga a flote de toda esta crisis ¿Por qué hemos de auxiliar a nuestro verdugo? Todo lo contrario, nuestra apuesta debería ser la de contribuir a sepultarlo.

Esto implica distanciarnos de la idea de que todos, sin distinción de ideologías, trabajemos unidos para menguar la crisis, como si todos fuéramos responsables de ella. Aquí habría que intentar resaltar lo siguiente: la crisis no sobrevino producto de la pandemia, sino producto del estado actual de cosas. Con esto no pretendo, bajo ninguna razón, negar el impacto del Covid-19 en este escenario. Lo que quiero decir es que el sistema está diseñado para no poder responder adecuadamente, en términos humanos, medicinales y científicos, a este tipo de situaciones. Pudo haber sido otra catástrofe y estaríamos casi que en el mismo drama. Por eso hay que decirlo sin ambages: el culpable de esta crisis es el sistema, y lo es por mercantilizar un sistema de salud en el que: “(…) las compañías de seguros privadas impulsadas por el mercado que regularmente abandonan a los enfermos, exigen gastos de bolsillo que son literalmente impagables y perpetúan una brutal jerarquía entre los asegurados, los no asegurados y los no asegurables” (Butler, 2020, p. 63). Por imponer una desigualdad radical en la que unas vidas valen más que otras. Por depreciar el saber científico y médico con el pretexto de su poca rentabilidad económica. Y por hacer que unas sociedades importen más que otras. Esto último se constata fácilmente cuando vemos que la Unión Europea pretende, en procura de encontrar una vacuna contra el virus, tomar como conejillo de indias a los países de áfrica.

En todo caso, siguiendo con el clamor ideológico de la unidad, en Colombia nos pretenden subir todos al mismo barco para ayudar a Duque a confrontar la crisis. Algunos creen que debemos cogobernar con el presidente. Proponerle medidas económicas e incluso reactivar el Congreso para que dirijamos al país inteligentemente. O construir, unitariamente, un plan de emergencia social para que todos confrontemos la penosa realidad. Y así salir de la crisis. Al contrario, deberíamos dejar que Duque lleve a fondo sus propuestas y que muestre cada vez más su incompetencia para así precipitar su renuncia. Tal como está ocurriendo en Brasil con Bolsonaro, en Ecuador con Lenin Moreno e incluso con Trump en EEUU. Este último, según varios medios, ya es catalogado como el peor presidente de la historia de ese país.

Con todo, quieren subirnos en el mismo barco para desviar el quid del asunto. En términos de salud, nos dicen que la salida es instalar medidas provisionales para enfrentar la pandemia. Por ejemplo: hospitales o centros de salud improvisados, o aumento de infraestructura (camas de cuidados intensivos, tapabocas y etcétera), aumento de titulación de médicos, o de disposición de laboratorios para detectar el número de contagiados y demás. Esto está bien y es necesario pero el asunto de fondo tiene que ver con buscar soluciones que cambien esta situación de raíz. Lo primero que deberíamos hacer es impugnar el sistema privado y mercantilizado de salud. Si este continúa indemne, si prevalece el régimen de las EPS, siempre estaremos expuestos a morir por inatención médica, sobre todo los menos favorecidos. Debemos pensar en un modelo en el que “la política de salud esté igualmente comprometida con todas las vidas, para desmantelar el control del mercado sobre la atención médica” (Butler, 2020, p. 64).

En relación a las medidas económicas, quieren que nos sumemos a los auxilios y a la ayuda caritativa para evitar que cuestionemos un sistema económico en el que la mayoría consigue su sustento en el rebusque y en la informalidad. Es decir, el hecho de que la mayoría de gente pase necesidades no es por insuficiencia en la política de auxilios, tampoco porque la gente no sea solidaria, sino porque la inmensa mayoría de colombianos no tienen un trabajo estable y por tanto carece de ingresos permanentes. Por eso la salida no está en el aumento de auxilios o en la adquisición de una renta básica temporal, ni en hacer que estas ayudas les lleguen a todos los desvalidos –aunque no me opongo a esto-, sino en problematizar las formas en las que el trabajo es cada vez más flexibilizado, desregularizado e hiperexplotado.

Por último, un comentario sobre el tema social que se relaciona también con lo económico y si se quiere con lo político. Como saben, asistimos a una situación compleja producto de la precariedad. La pandemia y, en particular, la cuarentena hace que el hambre y las necesidades aumenten en nuestros hogares. Producto de esto, las mayorías están obligadas a salir a lograr los medios de su supervivencia. Y lo harán por cualquier medio y, de cualquier forma, apelando a métodos salvajes que para varios civilizados serán medidas desdeñables. Incluso muchos saldrán a saquear y a violentar la propiedad. En esa situación se buscarán chivos expiatorios (venezolanos, ñeros o delincuentes) para explicar el fenómeno y abrazar formas de fascismo para superar la caótica situación. De hecho, la mayoría estigmatizará a los saqueadores clamando por medidas policivas urgentes. Si este es el caso, saliéndome de las coordenadas ideológicas del sistema, simplemente les diría a los necesitados: ¡No olviden a las multinacionales!

Bibliografía

Leer aquí para mayor información. https://www.bbc.com/mundo/noticias-52181584 1

Agamben, G. (2020). La invención de una pandemia. Sopa de Wuhan, 17-21.
Borón, A. (03 de abril de 2020). La pandemia y el fin de la era neoliberal. Obtenido de Clacso. Org. :

hHps://www.clacso.org/la-pandemia-y-el-fin-de-la-era-neoliberal/
Butler, J. (2020). El capitalismo Oene sus límites. Sopa de Wuhan, 59-67.
Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporaneo en 9empos de pandemia. (2020). ASPO. Zizek, S. (2020). El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill. Sopa de Wuhan, 21-29.