Victor Valdivieso

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A propósito del 150 aniversario del natalicio de Lenin, vale la pena conmemorar su pensamiento. No sólo para registrar otra decorativa efeméride dentro de los datos memoriosos, sino para retomar sus enseñanzas y pensar la situación actual. En relación al tema, hace poco leí un artículo sobre Lenin que mostraba su actitud rebelde ante las epidemias. Un artículo interesante que circula por las redes y remite a la obra biográfica que escribió Gerard Walter sobre el revolucionario ruso. En todo caso, leyendo el artículo, decidí ir a indagar sobre el texto de Walter para comprobar si, en efecto, lo que se menciona del bolchevique era una descripción genuina o si se trataba de una mera fake news.

Encontré el texto biográfico, en versión PDF. Una edición quizá no muy recomendada por ser de esas en la que no es muy inteligible la editorial, ciudad y esas cosas. Ya saben, puro prurito académico que descree de esas fuentes. De hecho, algunos opinan que un texto vale la pena leerlo si es de una editorial autorizada y reconocida. ¡Mero monopolio libresco! En todo caso, me sumergí en las páginas “descertificadas” que referenciaba el artículo para estudiar el asunto. 

La referencia de este tópico, para quien quiera mayor información, se encuentra en la primera parte, capítulo tres, que lleva por nombre “En busca de Carlos Marx”. En esta parte del libro, Walter nos describe la estancia de Lenin, a sus 17 años, en la aldea de Kokuchkino producto de un destierro y además por decisión de la señora Ulianov. Unas vacaciones forzosas, ideadas para alejar a Volodia de los caminos de su hermano Alejandro. 

Tras los pasos de Marx

Lenin aprovecha ese tiempo, sin obligación estudiantil, para cultivar la lectura y otras pasiones. “Se inicia en las peripecias de la caza —sin gran éxito por lo demás—, patina y esquía. Así transcurren las mañanas. Las tardes y las veladas son dedicadas a la lectura” (Walter, 1967, pág. 31).  Se supone que en este tiempo su nivel de lectura es altísimo, al punto que se las arregla para ir a rumiar a la biblioteca de Kazán. 

Al cabo del tiempo, luego de varias solicitudes formales, se logra la anulación del destierro de Lenin. De esa manera se puede trasladar a vivir a Kazán junto con su familia. En este lugar, retoma los contactos con los círculos revolucionarios. Walter menciona que, en ausencia forzada de Lenin, en la región volgiana, se había intensificado la agitación política gracias a la labor militante del joven Fodoseev. No se pueden soslayar las menciones que hace nuestro biógrafo para resaltar la distancia entre estos dos jóvenes revolucionarios y las hipótesis que incluye para explicar su alejamiento. Entre varias, me quedo con la hipótesis del desacuerdo ideológico: mientras Lenin seguía por esa época preso de la influencia populista, el joven Fodoseev era más cercano al marxismo.   

Como quiera que sea, el todo es que, justo en ese contexto, Lenin empezó a estudiar a Marx: “(…) particularmente el primer tomo de El Capital, cuya traducción al ruso se había publicado en 1872 y había sido reeditada en 1885” (Walter, 1967, p. 33). Más allá de las especulaciones sobre cómo Lenin se encontró con esta obra, lo cierto es que leer a Marx cambió radicalmente las coordenadas ideológicas del joven revolucionario.

Comprendió entonces que no era el heroísmo individual ni la iniciativa aislada quienes la regían, sino que debía adaptarse a las leyes fundamentales de la evolución económica de la sociedad. Enfebrecido con la pasión de un neófito, tenía prisa por comunicar a los otros los descubrimientos milagrosos que estaba haciendo en ese libro que había de ser su evangelio. (Walter, 1967, p. 34).

Leer a Marx significaba reeditar la vida de Alejandro, o por lo menos eso pensaba la mamá de Lenin. Por eso la señora Ulianov decidió salir, casi que huir, de la convulsionada y rebelde región de Kazán. Walter nos comenta los vaivenes y “trasteos” en la vida juvenil de Volodia, todos motivados para alejarlo de las cuestiones revolucionarias. De hecho, el biógrafo nos recuerda la decisión materna de vender la casa de Simbirsk para comprar una propiedad en una región cercana a Samara, “(…) ciudad tranquila y somnolienta donde no había Universidad ni grandes escuelas y donde su hijo, pensaba ella, no correría el riesgo de un nuevo “contagio” (Walter, 1967, p. 36). Pero con lo que no contaba la mamá de Lenin era que, incluso en Samara, acechaba el fantasma revolucionario. Tanto así que el joven insurrecto entablaría rápidamente contacto con círculos intelectuales y rebeldes.  

Lenin y la actitud ante la crisis. 

En ese contexto, en el que además Lenin se las ingenia para terminar su carrera universitaria presentando varias pruebas que hoy llamaríamos de “suficiencia” en la Universidad de San Petersburgo, se desata una situación calamitosa en todo el país. Nos cuenta Walter que Rusia, para el verano de 1891, producto también de la sequía, vivió un episodio de crisis. Las hambrunas y las necesidades potenciaron la aparición de diversas epidemias. “Esta calamidad sacudió a todo el país. Mientras la muerte despoblaba los campos, los habitantes de las ciudades temblaban por su suerte” (Walter, 1967, p. 43). 

Era evidente que las masas necesitadas podían desestabilizar el orden existente. Los campesinos, según Walter, podían, si querían, llegar a las ciudades y saquear las casas. Abastecerse de cualquier manera. El gobierno, como casi siempre, era incapaz de hacerle frente a la grave la situación. Todas sus medidas eran inoperantes e inútiles. 

Producto de la incompetencia de los mandatarios, se empezaron a crear comisiones “solidarias” para apaliar la crisis. “En todas partes se formaron comités, se hicieron colectas, se organizaron envíos de víveres y se crearon equipos sanitarios” (Ibídem). Todos se sumaron a la lógica caritativa. Desde los intelectuales hasta los sectores de mayor avanzada abrazaron los planes de salvamento. Todos se unieron para confrontar solidariamente la crisis. De hecho, hasta los más revolucionarios, los más “radicales”, promulgaron una suerte de tregua política contra el régimen mientras duraba la epidemia. La orientación consistía en trabajar todos en los comités de ayuda.  

Uno de esos comités se creó en Samara, donde estaba Lenin. Mientras su hermana Ana trabajaba en un dispensario curando y cuidando a enfermos, el joven revolucionario se negaba a sumarse al canto caritativo. Producto de su coherencia ideológica, Lenin: 

Estimaba que toda esa actividad, que no era sino filantropía pura y simple, representaba sólo un paliativo destinado más a agravar el mal que a aliviarlo. Ayudar al régimen a vencer el terrible azote era contribuir a su consolidación, cuando precisamente esta catástrofe revelaba rotundamente la imprevisión del Gobierno zarista, su incapacidad, y favorecía la difusión de las ideas revolucionarias entre los campesinos (Walter,1967, p. 44). 

Como vemos, Lenin no dejó arrastrarse por la ideología dominante. A contracorriente, promovía una situación revolucionaria en medio de una crisis. No sólo porque era el momento oportuno para dar vuelta a la torta, sino además porque creía que un revolucionario no podía envilecerse trabajando, codo a codo, con los reaccionarios y explotadores. Hacer esto significaba, también, “(…) debilitar las filas del ejército de la Revolución y aumentar el número de los servidores de la reacción” (Ibídem).    

Desde luego los populistas estaban en desacuerdo con el joven revolucionario. No habría que pensar en esas cuestiones “extremas”, sino hacer campaña ante la gente. Ganar adeptos. Hoy diríamos: ganar votos. La tarea de esta facción consistía en “(…) demostrar a los habitantes del campo, que seguían mirándoles con cierta desconfianza, que en ellos tenían amigos fieles y devotos” (Walter, 1967, p. 45). Sobra decir que Lenin quedó solo en esta postura, dignamente reducido a una ínfima minoría que no acomoda sus posiciones ante las irreflexivas y oportunistas mayorías. 

Lecciones leninistas ante el Covid-19.  

Aunque muchos leninistas dirán que ese episodio de “incorrección política” no corresponde a una postura revolucionaria del dirigente bolchevique sino a un desvarío juvenil, lo cierto es que seguramente Lenin no se sumaría acríticamente al llamado solidario que circula en esta sociedad. 

Sus enseñanzas están a la vista. Probablemente no veríamos a Lenin en ningún comité de ayudas contra la crisis que se ha intensificado con la pandemia. No porque sea un monstruo inhumano, sino porque comprendería que esto no soluciona de fondo ningún problema. Ni lo veríamos llevando la limosna –edulcorada con el mensaje vacío de la solidaridad- para apaciguar o contener el estallido social. Ni lo veríamos en campañas mediáticas de solidaridad solo para ir después a recoger los votos que ofrece la masa-electorado. No estaría a favor de mantener el orden existente, bajo ninguna circunstancia. No trabajaría de la mano de Duque o el Uribismo para llegar unidos a buen puerto. Es decir, posiblemente no orientaría la unidad con los opresores del pueblo para contener la difícil situación.   

Quizá los defensores del orden, de la democracia representativa y los que evitan que la gente se rebele contra este estado actual de cosas, apelando a políticas públicas humanas y bondadosas, sean buenos leninistas…aunque agreguemos: son buenos leninistas, pero al estilo Lenin Moreno.  

Bibliografía

Walter, G. (1967). Lenin. Barcelona: Grijalbo.