Memorias I 2014

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Efectos en la Transmisión Generacional, en la Posibilidad de Duelo y las Modalidades de Apropiación y Ajenización

Memorias y Representaciones

Daniel Feierstein

Preparó: Nancydelahoz

 

Es la memoria un gran don,

Calidá muy meritoria;

Y aquellos que en esta historia

Sospechen que les doy palo,

Sepan que olvidar lo malo

También es tener memoria.

José Hernández, Martín Fierro.

Los conceptos de memoria, duelo y su elaboración, son invocados hoy en numerosos escritos en el contexto de la violencia sociopolítica respecto de los efectos sobre la sociedad. Esta se ve afectada en su totalidad en tanto que como lo considera Wilfred Bion[1] el ser humano es un animal político y no puede satisfacer sus impulsos emocionales sin expresar su componente social Desde este contexto entendemos entonces que la sociedad puede tener diferentes estados como la enfermedad, el dolor, el miedo y estados más complejos entre ellos los estados de duelo, los cuales presentan cierta dificultad para su elaboración se requieren no sólo la construcción de una red de sentido sino también la apropiación de dicha red por parte de cada uno de los sujetos que han vivido la experiencia el sentido construido siempre es sociohistórico.

El temor a la desintegración social es el equivalente en el individuo a la desintegración de la mente o locura y las llamadas catástrofes sociales, son la amenaza a la existencia colectiva e individual.

La eliminación de individuos o grupos o capas sociales que caen en el concepto de genocidio no tienen un devenir. El genocidio como una práctica sistemática de eliminación es caracterizada por Daniel Feierstein[2] como "práctica social genocida" esto implica un proceso llevado a cabo por seres humanos que requieren modos de entrenamiento, perfeccionamiento, legitimación y consenso lo cual lo diferencia de una práctica automática y espontánea, implica también la posibilidad de perfeccionarla y completarla al futuro por esto el genocidio es una práctica de la modernidad; estas características permiten distinguirla de otros procesos de aniquilamiento de masas. Vale la pena hacer esta diferencia ya que el caso Colombiano, tiene posibilidades de pensarse como una práctica genocida respecto de lo ocurrido con la Unión Patriótica pero que por supuesto abarca otras épocas de la historia previa y posterior.

En nuestro país la violencia venida del Estado lleva más de 50 años en su último ciclo y es hora de que establezcamos marcos de análisis para interpretar el significado, los destinatarios y el propósito de los actos de terror.

La violencia sociopolítica tiene una raíz simbólica tiene un discurso y tiene unos efectos y estos están muy directamente relacionados con el hecho de que los actos más horrorosos no tengan testimonio posible y no se pueden ubicar en el tiempo de manera que siguen transcurriendo ante nuestros ojos de una forma fantasmal, son esperados y naturalizados pero carecen de significación, debemos entonces recordar y entender eventos como la guerra de los 1000 días, la masacre de las bananeras, la llamada violencia liberal – conservadora, el exterminio de la unión patriótica, la guerra del narcotráfico hasta la llamada guerra antiterrorista entre otras, cuyos discursos hegemónicos son más que conocidos. Los orígenes tiene que ver con el orden económico mundial que requiere la reestructurar las relaciones sociales, los efectos son la destrucción de la sociedad o la locura en términos de relaciones sociales basadas en la solidaridad en cuyo lugar se imponen modos de vida de tipo individual egoísta y narcisista.

Para que estas cosas ocurran debe existir una expectativa de aberrante satisfacción que arrasa con todo los diques que la civilización y la cultura han construido y esto pasa con mucha frecuencia porque los seres humanos somos proclives a la inducción por líderes canallas.

Una vez puesto en marcha un proyecto de exterminio no se detiene pues como en los duelos que no pueden ser resueltos el transcurrir del tiempo se anula, el trauma social hace imposible marcar un antes y un después.

La atemporalidad es necesaria a la repetición incesante de la violencia, tal como lo contempla el psicoanálisis e relación con la Situación Traumática en la cual se articula la negación y la repetición fue descrita por Freud como compulsión a la repetición[3] y explica, como sin la memoria y de forma inconsciente el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas repitiéndose experiencia antiguas sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario con la impresión viva y que se trata de algo plenamente motivado en lo actual.

No es fácil establecer la sobrevivencia a un tipo de trauma masivo, dada la destrucción de estructuras que permitan plantear marcos para el análisis. La visualización de un antes y un después requiere memoria, requiere un talante mental distinto, requiere de un cierto estado mental grupal de tipo depresivo que pueda observar el daño el dolor la destrucción y transitar por ella, esta posibilidad está cerrada por la omnipresencia de lo que pudiéramos llamar un Estado mental grupal similar al descrito por Melanie Klein como el de la posición esquizoparanoide en la cual la escisión entre lo bueno y lo malo conforman objetos muy separados unos idealizados y otros persecutorios cuyo accionar excesivo está presente en el trauma social masivo.

Sólo después de restablecido el eje histórico y temporal pueden plantearse preguntas, como: ¿Por qué ocurrió este horror? ¿Podríamos impedir que vuelva a pasar? Una aceptación, reconocimiento y pesar social por el dolor padecido por generaciones es parte del duelo social. También implica que se aspira a abrir la puerta al conocimiento de los hechos aceptando que lo que nosotros observamos del objeto no es el objeto o situación particular misma sino una aproximación. Y también podemos aproximarnos a pensar sobre la verdad y buscar su sentido que es lo que abre posibilidades a propósitos de vida, creación y gozo social que son hoy una utopía o mejor un horizonte. Desde este mismo vértice podemos plantear que en ese después “post-traumático pueda expresarse predominantemente un Eros y no un Tánatos, un después en que en la vida civilizada predomine sobre la destructividad.

¿Qué es lo que está pasando hoy en Colombia? si no tenemos memoria no pasa nada, solo unos elementos disruptivos sobre un fondo de inercia, pero si atendemos un poco, notaremos que tras la aparente inercia, se moviliza en forma latente y permanente una tumultuosa energía destinada a mantener las cosas como están, es una batalla de contradicciones y ambivalencias difíciles de ver aun cuando está ocurriendo un genocidio. Tal vez, después del número de muertos y las formas de llevar a cabo la muerte y destrucción a proporciones industriales, no sea posible pensar sobre ello, y las interpretaciones que podamos hacer sean imprecisas y simplistas.

Aun en Colombia no sabemos o no tenemos conciencia de esta realidad, cifras y manera de muerte, tipos de violencias que podemos calificar de orgia tanática, que recae precisamente sobre las capas de la población (proletarios y despojados) que pueden llevar a cabo las transformaciones Como plantear el origen de las catástrofes sociales para pretender una aproximación a la verdad? Podemos empezar por entender que la humanidad en su devenir sólo ha tenido este modelo de pérdidas desde la segunda Guerra Mundial con sus campos de concentración, y en nuestro contexto más cercano entender lo ocurrido en Argentina (entre los años 1976-1983), Chile, Brasil, Nicaragua y más recientemente Venezuela. Es entender la batalla sobre la manera de conocer, de cómo recordar. Éste es un ejercicio para toda la sociedad cuyo elemento formal para Colombia en este momento se encuentra en la mesa de diálogos de la Habana.

Si esta generación lograra recordar, comprender y elaborar en alguna medida, podríamos transitar el horror y nuestros hijos no tendrían dificultades en la identidad como grupo social, tampoco sentimientos de vergüenza, humillación, desvalimiento y deshumanización entonces estaríamos impidiendo la transmisión generacional del trauma y esto es lo que el autor muestra que ocurrió en Argentina después de la dictadura.

La forma en que se produce esa transmisión que los miembros de un grupo afectado no pueden revertir los sentimientos propios del trauma ni hacer el buen y obligan a la generación siguiente a completar estos procesos haciendo los depositarios de imágenes y representaciones y sin quitarles desde la niñez. Las nuevas generaciones no tienen experiencia real alguna con el trauma y carecen de las representaciones intervienen en depósito de los elementos traumáticos de la generación anterior y no queda otro camino que el de la repetición y la puesta en escena de las mismas condiciones que dieron origen a cada uno de los ciclos violentos.

Feierstein nos trae desde un vértice sociológico nutrido con elementos psicoanalíticos, y de la psicología social, el derecho, la filosofía y otras disciplinas "las consecuencias de los conceptos y las representaciones del genocidio", como una mirada actual "después" de los hechos de terrorismo de Estado en Argentina, a partir de los efectos de la imposibilidad de elaboración del duelo y los pactos denegatorios, es una formulación comprensiva necesaria como alimento mental y emocional a la sociedad particularmente a los sobrevivientes ya que así como el cuerpo necesita de alimentos la mente que construye requiere de una aproximación lo más cercana posible a la verdad.

Algunas definiciones clásicas sobre duelo Freudiano que, aunque descritas para un individuo, aportan al modelo para entender también los duelos sociales resultan muy útiles. En el duelo, el examen de la realidad muestra, que el objeto amado no existe y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con él. Contra esta demanda, surge una oposición, que puede llegar a ser tan intensa que surja el apartamiento o extrañamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis alucinatoria de deseo[4]. Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga victoria. La melancolía, un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de las funciones y disminución del amor propio.

Esta última se traduce en reproches y acusaciones, que el sujeto se hace así mismo, y puede llegar, incluso, a una delirante espera de castigo (el duelo integra estos mismos caracteres, a excepción de la perturbación del amor propio).En algunos casos, la melancolía constituye la reacción a la pérdida de un objeto amado, pero esta es de naturaleza más ideal. El sujeto no ha muerto, pero queda perdido como objeto erótico. El duelo social implica también el abandono de idealizaciones e intentos de recuperar una realidad imposible. Lo cual sólo es posible accediendo a "la verdad" histórica.

El autor alude a una figura interesante, descrita como panteón o cripta, la cual implica la negación de la pérdida, cuyo efecto final y paradójico es hacer más grande la pérdida, en el nivel inconsciente, inmensa y, por ello, no abarcable; el organismo individual y social aparecen entonces mutilados. Esta mutilación es trasmitida, en el caso del individuo, al funcionamiento total de la personalidad, mientras que, en el organismo colectivo, se transmite a la siguiente generación, como incapacidad de simbolización, inacción, ajenización. Estos aspectos, trasladados a la siguiente generación, son llamados encaje, telescopaje o identificación alienante. Lo que está en juego, con la imposibilidad de trabajar los duelos, es transmitir estas mutilaciones a la siguiente generación con la pérdida de la cultura. A continuación, algunas consideraciones psicoanalíticas sobre la cultura, que nos permitirán entender la propuesta del autor para pensar sobre lo que está en juego en el terrorismo de Estado y, por lo tanto, en el genocidio reorganizador. Un efecto muy grave sobre la sociedad, consecuencia del terrorismo de Estado, es la persistencia a largo plazo de una inercia social, este es el resultado de la desarticulación social, que implica la pérdida simbólica y concreta de las relaciones sociales, entonces lo que lo enlaza de manera simbólica y relacional a cada individuo con sus semejantes y su vivencia de pertenencia, esto es, cuando la estructura individuo-sociedad-cultura deja de sostener, entonces reconocer y recordar deja de ser necesario , así ocurre la desarticulación de la memoria.

Para Freud, Cultura es todo lo que la vida humana ha elevado por encima de sus condiciones animales, y agrega, "yo no separo cultura de civilización"; en todos sus textos llamados antropológicos consideró la cultura como una obra humana y, a la vez, como una función destinada a producir lo humano al tiempo que recuerda su papel de asegurar la estructuración psíquica y la continuación de la especie a través de prohibiciones prescripciones, valores y ritos que se transmiten mediante la construcción de un orden simbólico, que luego será mantenido por las instituciones sociales. El lazo social está anclado a la cultura, su función es incluir al sujeto en y por un entramado que lo hace existir como tal, e implica el reconocer y ser reconocido por el otro, y le permite soportar la excitación que causa la presencia de ese otro sin actuar mediante sus pulsiones.

Volviendo al autor y el concepto de transmisión generacional encontramos que la cuestión identitaria personal y colectiva en generaciones siguientes al genocidio, se expresa en la gran dificultad de pensar la violencia; en el caso de Argentina, pensar en una mirada militarizada, represiva de guerra y terrorismo estatal no es evidente ya. Tampoco es fácil apropiársela, tal como se le legó; el efecto inmediato es un cierto extrañamiento con el discurso de las víctimas, y con él vienen las dificultades para comprender, ¿quién soy? ¿Quiénes somos?

Al respecto, alude el autor a los ‘escraches’, que ocurren por el silenciamiento, el no ingreso de la violencia en el orden simbólico y, por lo tanto, la impunidad; son puestas en escena en lugares a los que concurren los perpetradores del terror. Esta práctica tuvo dos efectos: La introducción de esta generación en el silencio y la clausura, y la no aceptación de la interrupción en la transmisión del legado, que buscaba y seguía buscando, un vínculo no sólo con los padres ausentes -en tanto desaparecidos- sino con la generación ausente, en su rol de paternidad en su ejercicio de responsabilidad.

Pero, ¿qué es identidad en términos sociales grupales? ¿Es posible fijarla nosológicamente? Tal vez solo logremos decir que la condición humana es un enigma pero entendemos mínimamente que nuestra experiencia en la sociedad nos permite transitar de la infancia a la vejez en el marco de una familia, una genealogía y pertenencia donde el deseo parental nos asigna un lugar simbólico que se trasmite con pasión de padres a hijos y queda desgarrada en el genocidio, “el hijo del muerto, el mutilado, el desplazado, el padre del guerrillero, el traidor, el sobreviviente, la violada, el hijo del asesino”.

El torturado, el perseguido, el asesinado, son convertidos por la violencia en desechos de su propia humanidad; el desaparecido se transforma en un ‘alma en pena’ sin sepultura, representante paradigmático del aniquilamiento de los sistemas simbólicos y de los ritos reguladores del pasaje de la vida a la muerte. La imposibilidad de elaboración del duelo propio mantiene este tipo de heridas y muertes; lo inelaborable, lo inconfesable es aquello que luego es evacuado de la historia y del lenguaje, constituyendo un agujero representacional, que puede dar lugar a la formación de una identificación críptica oculta y enigmática.

Las prácticas trasgresoras como los escraches y otras tantas manifestaciones de víctimas, dirigidas al Estado, resultan revulsivos, o sea, vueltas precisamente no sólo contra las víctimas, sino contra el resto de la sociedad, dando por resultado la facilitación de la denegación[5].

La nueva generación queda inscrita en la pérdida de la completud y de la perfección y, con ella, inscrita en una intensa aspiración a recobrarla, consciente o inconsciente; inmersa en la añoranza de tiempo perdido, pero también en la arrogancia de ser la primera sin pasado, una generación a-histórica, es la consecuencia de la imposibilidad de la sociedad de asumir el desmoronamiento, traído por el terror, esta generación cabalga sobre la desmentida y, por lo tanto, está imposibilitada también de aceptar la pérdida y dar el paso a lo nuevo, está impedido para abrir camino a sus sucesores, esto es, lo que puede llamarse un no-lugar, y sólo queda el camino de la compulsión a la repetición. En este punto, el autor nos habla de Gabriel Gatti, hijo de desaparecido, y, a la vez, brillante analista del fenómeno traumático de la desaparición, quien propone recobrar el sentido dando la batalla, hablando desde el vacío; pero, esto tiene el problema de que la ausencia está normalizada e institucionalizada, por lo que queda sugerido el construir otro sentido y no la ausencia; así, sería posible el retornar al camino de la elaboración del duelo. Esto implica un diálogo intergeneracional.

La generación que no puede elaborar el duelo está inscrita en la esperanza de poder, del triunfo postergado, se ve obligada a la nueva puesta en escena de la repetición, se anula el porvenir, se impide el cambio, sólo le queda volver al acto mediante la memoria del rencor, las pérdidas son un tormento la memoria implacable no puede perdonar no puede olvidar, La elaboración del duelo se haciéndose cargo del dolor abandonando el ser víctima hacerse activo en la construcción de su propia historia. Frente al poder la alternativa ética sería la de volver a la significación al simbolizar lo perdido como una alternativa ética de resistencia.

Tenemos entonces dos caminos: el primero, volverse a ligar a nuevas identificaciones; el segundo, permanecer libre o no ligado, en este caso, lo violento es vuelto contra la propia sociedad y se garantiza la permanencia del horror, incertidumbre, indignidad, orfandad, muerte que encuentran un lugar en las prácticas sociales, llevando a la pérdida de la cultura o la asimilación cultural a capas sociales o culturas que han impuesto precisamente el genocidio, es otra forma de desaparición.

Adicionalmente, el reconocimiento de lo perdido trae la recuperación del eje tiempo-historia; dispararía un proceso creador y confrontador, que sería, de una parte, vertical, una confrontación con los padres, es decir, con el pasado, y de otra, horizontal, con los hermanos, el presente; así, esta generación, al igual que la antecesora, tendría derecho a la divergencia a la posibilidad de pensar distinto, a defender su marginalidad, su atipicidad, su independencia, sus juego de imaginación, y así, fundar un nuevo, o una nueva, visión de un nuevo orden, que dé testimonio de su verdad.



[1] Wilfred Ruprecht Bion nació en India, en la ciudad de Mutra, hoy Mathura, el 8 de Septiembre de1897murió el 8 de noviembre de 1979; pensador psicoanalista considerado el más libre y revolucionario, con un pensamiento que, siendo profundamente basado en el psicoanálisis, trasciende y amenaza toda la anquilosada estructura del movimiento de la época.

[2] El genocidio como práctica social, entre el nazismo y la experiencia argentina, pp. 36,37.

 

[3] América Latina y muy particularmente en Colombia los permanentes ciclos de matanzas, desplazamientos, desaparición selectiva, ametrallamientos, control de alimentos, reclutamientos, violaciones, conformación de ejércitos paramilitares etc., materializan formas, rompen cualquier forma de comprensión; nos sobran terminando expresiones estructurales conducidas como trauma masivo.

[4] La psicosis alucinatoria de deseo es una formulación dentro de la comprensión Freudiana del duelo que apunta a restablecer de modo oniroide aquello cuya pérdida es muy dolorosa para ser aceptada

[5] En el sentido Freudiano negar que se niega, re-generación.