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Foro Arte y Cultura para la Paz de Colombia

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Escrito por FUNDACIÓN WALTER BENJAMIN, COLOMBIA Lunes, 16 de Junio de 2014 10:55

¿Qué Políticas Culturales y qué Institucionalidad Necesita la Paz de Colombia?[1]

 

El interrogante que convoca este Foro Nacional es urgente, ineludible y complejo. Establece relaciones necesarias entre las políticas culturales, la institucionalidad cultural y la posibilidad de la paz, pero al mismo tiempo, exige analizar lo existente y también lo deseado/posible. No podemos limitar nuestra reflexión a una crítica de las políticas culturales y la institucionalidad real, pero tenemos que elaborarla dirigiendo siempre nuestra mirada a otra Colombia posible. También nos incita a re-pensar las posibilidades concretas que contienen las artes y las culturas, para aportar al fin del conflicto y sembrar bases sólidas para la paz.

Ninguno de los problemas anteriores es simple o está despojado de “lugares comunes” y tampoco preocupa demasiado a las políticas públicas oficiales. Necesitamos un esfuerzo importante de inter-relación y de toma de distancia del discurso institucional dominante sobre la dimensión cultural. Para realizar esta compleja tarea la presente intervención tiene tres momentos. En el primero, se exponen de forma sintética algunas nociones de políticas culturales y las mayores dificultades que enfrentan esas políticas en América Latina y el Caribe. Segundo, se presentan las peculiaridades generales en que surgió la institucionalidad cultural existente en Colombia y sus mayores limitaciones. El tercero, se elabora una síntesis sobre las discusiones en nuestro país sobre el papel (finalidad, virtudes y límites) de las artes y la cultura como camino hacia la paz.

Políticas culturales y limitaciones latinoamericanas

La noción de políticas culturales, en las últimas tres décadas, ha incitado una rica y profunda discusión en América Latina y el Caribe. Uno de los textos emblemáticos que inaugura este debate es la compilación de Néstor García Canclini, Políticas Culturales en América Latina (1987)[2], donde se realiza un completo estado del arte sobre la situación real de estas políticas públicas en la región. Participan representativos investigadores culturales como Guillermo Bonfil, Sergio Micelli, Oscar Landi, Jean Franco y José Joaquín Brunner. Además de la riqueza de nociones sobre políticas culturales y la sistematización de diferentes enfoques de la acción cultural, se logran analizar algunas transformaciones que se experimentan en el continente. Se destacan: a) transitamos de las descripciones burocráticas a algunas conceptualizaciones críticas; b) de las simples cronologías a ciertas investigaciones concretas; c) de las políticas sólo gubernamentales a la relevancia de los movimientos sociales en su formulación; d) de los análisis exclusivamente nacionales a tener en cuenta lo internacional; e) del mero recuento del pasado a ciertas investigaciones críticas y algunos criterios de planificación. Como toda tendencia, no son plenamente generales en el contexto de los países latinoamericanos, sino un desarrollo bastante desigual.

Desde este momento se perciben matices importantes en la definición de políticas culturales. Por ejemplo, entre la noción de García Canclini, que considera que nunca una política cultural puede ser formulada por un solo agente y cuyas finalidades deben ser orientar el desarrollo simbólico, satisfacer necesidades culturales y obtener consenso o disenso sobre el orden social existente; mientras para Brunner, la política cultural es definida como las oportunidades para actuar en un circuito cultural (producción, circulación y consumo de bienes culturales). O también la idea autogestionaria de Bonfil de unas políticas culturales definidas y puestas en práctica por los propios pueblos indígenas: “no más una política cultural para los pueblos indios, sino las políticas culturales de los pueblos indios”[3].

Las políticas culturales se han convertido en un campo de disputa que ratifica diferentes maneras de concebir y otorgar sentido a las culturas y las artes. Son una dimensión fundamental de la vida social, ecológica, política y estética en América Latina y el Caribe. En sus trazos están polemizando distintas visiones de la sociedad y la vida.

Queremos evocar dos concepciones de políticas culturales, que en términos generales compartimos y que son relevantes para la comprensión cultural de nuestra región. La primera que remite a los trabajos colectivos de Sonia Álvarez, Evelina Dangnino y Arturo Escobar[4], concibe las políticas culturales como la movilización de conflictos culturales desde los movimientos sociales. Sus claves son: el carácter movilizador, conflictivo y desde los movimientos sociales de la dimensión cultural. La segunda, desarrollada por la investigadora colombiana, Ana María Ochoa[5], quien las define como la movilización de la cultura llevada a cabo por diferentes agentes con fines de transformaciones estéticas, organizativas, políticas y sociales. Cercana a la definición de García Canclini y sus claves son: diversos agentes, movilización y transformaciones estructurales.

En la búsqueda de consolidar las políticas públicas de cultura en Nuestra América seguimos encontrando diversos obstáculos y limitaciones, que es conveniente tener presentes para lograr crear una generación de ruptura de políticas culturales y una nueva institucionalidad cultural.

Algunas de las limitaciones destacadas por la investigación contemporánea son las siguientes: a) Siguen estando dominadas por una escasa investigación, débil información y el formalismo ideológico. b) Aunque se reconozca la necesidad de gestarse por una diversidad de actores sociales, el estatismo y el presidencialismo crónico en la región, tiene tres graves consecuencias: 1. Se sigue confundiendo “políticas culturales” con “políticas culturales del Estado”; 2. Las políticas culturales son de cada gobierno, coyunturales y la totalidad de la sociedad no ha podido apropiarlas como suyas; 3. El “dirigismo estatista” produce una tensión irresuelta entre las políticas culturales y las visiones de los artistas y creadores; una lucha permanente entre la creatividad transgresora y los dispositivos del poder. c) Son políticas de carácter “sectorial”, muy fragmentadas y no dialogan con otras estrategias transformativas como las políticas educativas, ecológicas, científicas, económicas, de seguridad social, etc. d) Persisten fuertes tensiones entre la formulación declarativa o formal y su implementación real y práctica. e) Existen aún profundas resistencias a incorporar la reflexividad crítica y las instituciones oficiales se resisten por diversos caminos a ser investigadas críticamente. f) Se constata la tendencia a reducir las políticas culturales a un enfoque o campo de “derechos”, que termina en formalización y normalización institucional; desde nuestra perspectiva, el campo cultural expresa apertura a los deseos, sentidos, erotismo, transgresión , emancipación, etc., y nunca se deja domesticar.

Las anteriores limitaciones configuran una institucionalidad cultural cargada de desfases, formalismo, inmediatismo y autoritarismo. La forma de pensar y ejecutar las políticas culturales incide de forma determinante en el tipo de institucionalidad que se establece. Queremos, por razones de extensión, limitarnos a tres manifestaciones – subrayando que no son las únicas- de las dificultades que enfrenta la vida institucional cultural. La primera es la escisión entre la institucionalidad cultural existente y el movimiento real de la cultura; instituciones que no dialogan o no comprenden o están escindidas de las manifestaciones concretas de la vida cultural. Las manifestaciones de esta escisión son diversas: una noción de cultura en las instituciones restringida a patrimonio cultural, bibliotecas y “bellas artes”; predominio de la acción de preservación; con rasgos profundamente centralistas; promoviendo una idea de “nación” bastante restrictiva; dominadas por la función de llevar la cultura hacia grupos poblacionales supuestamente “carentes de ella”; entre otras.

La segunda es la tensión entre un continente con importante riqueza y diversidad cultural que se enfrenta a una institucionalidad débil, inestable, coyuntural, con poca relevancia en la valoración del organigrama de las instituciones estatales y sociales.

La tercera es la existencia de profundos conflictos en los tipos de organización institucional. Entre visiones que podemos denominar “burocrática estatales”, algunas de predominio del mercado y lo empresarial, otras con acento asociativo, comunitario o autogestionario. La “burocrática estatal” concibe la acción cultural como distribución de los bienes culturales de élite y las culturas populares bajo el control central del Estado, para afianzar alguna idea de nación. La perspectiva privatizadora postula transferir al mercado las acciones culturales rentables y exige la “empresarialización” de la producción cultural. Las concepciones asociativas promueven la organización autogestionaria de las actividades culturales y propenden por el desarrollo plural de las culturas de todos los grupos sociales. En el horizonte de estos tipos de concepciones organizativas está la disputa por diferentes concepciones de las relaciones entre democracia y culturas.

Algunas anotaciones sobre la institucionalidad colombiana

Las peculiaridades del campo cultural colombiano pasan por el contexto histórico en que nace la actual institucionalidad y el conflicto entre visiones diferentes de sus políticas públicas. Parte de sus límites y dificultades tiene relación con procesos formados en la década del noventa del siglo XX, cuando se configuran la Constitución Política de 1991 y la promulgación de la Ley General de Cultura en 1997. Una década cargada de contradicciones y horizontes de expectativas.

Factores importantes de este contexto histórico que sigue condicionando las particularidades de la institucionalidad cultural en nuestro país, son: a) La profundización de las contra-reformas neoliberales en todos los campos de la vida social; b) El tipo de constitucionalización de la dimensión cultural a través de la Constitución, las leyes y todo tipo de normas jurídicas; c) Las transformaciones de los movimientos sociales y la cultura política; d) El escalamiento de conflicto social-armado; e) La redefinición de los circuitos de producción, circulación y consumo de bienes y servicios culturales; f) La creación y tipo de institucionalidad emergente con el Ministerio de Cultura; g) La existencia o no de un verdadero proceso constituyente de carácter cultural en la génesis de la Constitución del 91. Cada uno de estos factores exige una investigación y exposición detallada, asunto que excede los propósitos de esta intervención; pero queremos limitarnos a tres de ellos: algunos efectos de las contra-reformas neoliberales en el ámbito cultural, el tipo de constitucionalización cultural dominante y la creación del Ministerio de Cultura.

Las contra-reformas neoliberales intentan instrumentalizar, mercantilizar y fetichizar el mundo de las culturas y las artes. Poner al servicio de otras políticas la creación cultural, especialmente de la competencia, el mercado y la rentabilidad. Convertir todo en mercancías y fetichizar la cultura convertida en mercancía. Se entregan a las empresas nacionales y multinacionales las actividades simbólicas rentables y dejan al “estado mínimo” las acciones con baja o sin ninguna rentabilidad. Asistimos en el inicio del milenio a una pugna entre dos tesis completamente divergentes sobre la naturaleza y finalidad de los bienes y servicios culturales. La primera, sostenida por las grandes transnacionales de la industria de la “recreación y la diversión”, y cuyo eco replican muchos “tecnócratas”, supone que los productos y bienes culturales son meras mercancías para el entretenimiento y mejoramiento de la tasa de ganancia. La segunda, que conforma un acuerdo supra-nacional y quedó condensado en el artículo 8 de la Declaración Universal de la UNESCO sobre Diversidad Cultural, que afirma de manera contundente el carácter no mercantilizable de las culturas: “frente a los cambios económicos y tecnológicos, que abren vastas perspectivas para la creación y la innovación, se debe prestar una atención particular a la diversidad de la oferta creativa, a la justa consideración de los derechos de los autores y de los artistas, así como al carácter específico de los bienes y servicios culturales que, en la medida en que son portadores de identidad, de valores y sentido, no deben ser considerados como mercancías o bienes de consumo como los demás”.

Por vía constitucional se ha declarado que “el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana” (art. 7) y se ha querido mostrar lo anterior como una especie de “ruptura” en la historia cultural de Colombia. Como si hubiéramos transitado de un “país homogéneo”, a un país sin racismo ni discriminación ni desigualdad y sin conflictos culturales, lo cual constituye una interpretación posiblemente sobredimensionada e ideológica de esta transición. Varias oscuridades contiene este tipo de constitucionalización de la “diversidad”. La primera, la dependencia de la diversidad de una idea de “Nación colombiana”, que no es nada clara. La segunda, qué tipo de multiculturalidad o inter-culturalidad o relaciones entre culturas se propone, reconociendo que existen tradiciones liberales, conservadoras, comunitaristas, republicanas, críticas, etc. del “multiculturalismo”. La tercera, el papel central otorgado al Estado como el único que “reconoce” y “protege” esas diversidades. La cuarta, la pertinencia contemporánea de evocar la idea de “Nación” (en mayúscula) o de “naciones” (en plural) o la plurinacionalidad.

El Ministerio de Cultura nace a la vida pública apodado como “el ministerio de la paz” y desde ese momento se implementan unas asociaciones problemáticas, que invaden las políticas oficiales y la institucionalidad. El ministerio y la cultura son los “instrumentos” de la paz. Nos encontramos en un momento de deslegitimación del gobierno de turno (Samper) y de escalamiento del conflicto interno. En esos años se genera una intensa polémica sobre su creación, que concita a artistas, intelectuales e investigadores culturales. La oposición de Gabriel García Márquez a la creación de ese ministerio será un hecho emblemático en nuestra historia cultural. Actualmente en su despedida de esta tierra es necesario recordar sus importantes argumentos y dudas. Se oponía a la naturaleza del ministerio por motivos como: se está planeando más un Ministerio de las Artes que un Ministerio de Cultura; con Colcultura bien manejado y bien financiado es suficiente para orientar las artes; nadie se ha preguntado por la política cultural que requiere; nadie ha demostrado que se necesite. Las dudas del Nobel de literatura eran: ¿se va a politizar o a oficializar la cultura? ¿Cuál será el papel protagónico que van a adquirir los congresistas hasta para realizar mociones de censura al ministro? ¿Las regiones serán sometidas a mayor clientelismo y burocracia? ¿No sería mejor inventar una figura cercana a un Consejo Nacional de Cultura, que un ministerio? Con la distancia de estos lustros vemos que la polémica debe continuar. En su carta de nacimiento como “ministerio de la paz” hay demasiada tela que cortar, como lo pretendemos mostrar en el acápite siguiente.

Cultura y artes como camino hacia la Paz

Desde esos años noventa se invoca de forma permanente el papel de la cultura como una especie de camino “seguro” hacia la paz, se ha convertido en una fórmula demasiado mancillada. Esta invocación además de tener sentidos muy diferentes, es conveniente someterla a una mirada crítica. Tanta reiteración debe producir distancia y sospecha. Tal vez por ello se pregunta Ana María Ochoa: “¿Qué es lo que se invoca cuando se nombra a la cultura con ansias de convertirla en remedio de una sociedad que se desangra?”.

La primera distinción analítica, podría ser, entre unos sentidos de carácter , que nutren las reflexiones sobre las relaciones entre cultura, conflicto y paz en Colombia, y otros significados dominantes en las políticas culturales concretas para construir paz. A las primeras las denominaremos “sentidos teóricos” y a las segundas las llamaremos “sentidos desde las políticas culturales”. Reconocemos que puede ser una distinción problemática, de carácter solamente provisional, porque no existe política cultural sin categorías teóricas.

Los “sentidos teóricos” podemos agruparlos de acuerdo al acento de algunos investigadores culturales colombianos. La contribución a la paz de la dimensión cultural es estudiar los procesos históricos a través de los cuales se constituyeron los regímenes de representación violentos y las alternativas a estos regímenes (Arturo Escobar). Su función es construir narrativas que den cuenta de la presencia de diversos lenguajes (Jesús Martín-Barbero). Se apoya la paz desde lo cultural al reconstruir el tejido social de lo público (Alonso Salazar). Se trata de encontrar espacios concretos para la experiencia colectiva del duelo (Eduardo Restrepo). El campo cultural cuestiona las lógicas del miedo, la desconfianza y la venganza en la vida cotidiana (Ana María Ochoa). Como vemos, un coro polifónico de finalidades y sentidos.

En los “sentidos desde las políticas culturales”, en especial en políticas públicas institucionales, se han acentuado tres finalidades: a. La cultura aporta a la paz como espacio de participación que transforma las historias de las exclusiones al crear derechos sociales y culturales, cuyas claves son inclusión y enfoque de derechos. b. La cultura como posibilidad de reconstrucción del tejido social. El núcleo es el apoyo al tejido social destruido. c. La cultura como antídoto contra el miedo en aquellos lugares donde domina el terror. Un remedio contra los lugares donde predomina el miedo y el terror.

En medio de esta cartografía de finalidades y sentidos polifónicos, reconocemos al mismo tiempo, la riqueza de posibilidades de la cultura para la paz y la complejidad de una decisión. Es conveniente detenernos en las mayores dificultades que amenazan las relaciones paz/cultura, para poder reconocer con alguna seguridad sus verdaderas potencialidades. El recorrido que hemos realizado nos permite ya subrayar los máximos peligros.

El primero y permanente peligro es la instrumentalización de lo estético y lo cultural. Las artes y las culturas convertidas en medios para fines que no tengan nada que ver con su naturaleza. Es aquella experiencia anunciada por el romanticismo y por Hegel de la “muerte del arte”, por distintos caminos.

El segundo es poder siempre distinguir entre aquella trama existencial y re-encantadora que permite la experiencia estético-cultural, de las transformaciones estructurales que exige una sociedad. Las experiencias estéticas y culturales pueden ser de carácter coyuntural, personales y mágicas, pero no necesariamente cambian el mundo. Estos temas han sido densamente elaborados en la estética filosófica sobre los nexos entre arte y realidad. Son promesas, pero quebrantadas, de felicidad. No se debe confundir la acción inmediata de la experiencia artística, con el largo proceso de una transformación estructural del mundo y de la vida.

El tercer peligro es de carácter endógeno, consiste en reconocer que nuestras políticas, programas y acciones culturales no dialogan o lo hacen de manera reducida con otras políticas públicas transformadoras como las científicas, tecnológicas, educativas, ecológicas, de seguridad social, etc. Con nuestras propias acciones fomentamos el aislamiento, la fragmentación y la sectorización. Debemos subrayar los límites, vacíos, obstáculos y las posibilidades de nuestras propias políticas culturales. No permitir ni el maniqueísmo ni el fundamentalismo en el campo cultural.

El cuarto es la reducción de lo cultural a un exclusivo enfoque de derechos, a lo legal-normativo, lo normalizante o disciplinario. El valor de lo cultural también está en su potencial movilizador y creativo frente a la conflictividad de social. Lo cultural no puede someterse a normas, reglas, derechos, conductas, ley zanahoria, etc.

El quinto peligro, heredero de nuestra institucionalidad y discursividad, nos obliga a tomar distancia de la demagogia oficial que intenta identificar la cultura y el ministerio con paz, con artificios bastante problemáticos. Algunos de estas premisas falsas son: cultura es paz, violencia es no-cultura; todo conflicto es violencia, hay que abolir el conflicto para ser culturales; hay que silenciar la violencia y el conflicto en nombre de la tolerancia. Pretendiendo ocultar y olvidar la persistente relación entre cultura y violencia en la historia de nuestro país y a nivel de la cultura occidental. Es conveniente recordar a Walter Benjamin, en sus Tesis sobre el concepto de historia: “no hay ningún documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie” (Tesis VII). El conflicto es el estado permanente y continuo de toda cultura vital. El discurso oficial tiene efectos devastadores: legitima acciones en nombre de la paz que se realizan en lógica de guerra (Mauricio García Durán); naturaliza la indiferencia entre los seres humanos en nombre de la tolerancia; su discursividad al mismo tiempo ha banalizado la violencia y la paz; ha terminado incrementado el círculo infinito de las violencias.

También tenemos que destacar las virtudes y potencialidades de las artes y la cultura en el largo proceso de la construcción de la paz. Además de las importantes finalidades adjudicadas por los y las investigadoras colombianas, queremos enunciar algunas de las virtudes o potencialidades que hacen parte de la memoria de la filosofía occidental. Sobre cada una tendremos que seguir analizando y discutiendo. Primera virtud, es la capacidad cultural de cuestionamiento permanente de los imaginarios dominantes en cada sociedad de paz, guerra, conflicto y violencia. Segunda potencialidad, la apertura a otros caminos creados por la dimensión cultural y artística para enfrentar los conflictos sin el uso de la violencia. Tercera virtud, el gran valor existencial de los proyectos estético-culturales para la catarsis de las emociones, el reencuentro con la sensibilidad y el cuidado de las subjetividades. Cuarta potencialidad, las posibilidades que contiene la cultura para transformar, reconstruir o refundar la dimensión de lo político. Quinta virtud, no existe ninguna construcción humana que pueda, como las artes y la cultura, promover la participación colectiva, cuidar con todo el esmero las diversidades, problematizar las identidades y potenciar la creatividad humana.

Este recorrido nos muestra la complejidad y urgencia del interrogante sobre las políticas culturales, la institucionalidad cultural y los esfuerzos por la construcción de paz. A la vez revela la gran distancia que debemos recorrer. Es tiempo de empezar el camino, pues están dadas las condiciones de posibilidad para este nuevo comienzo.

 



[1] Sergio De Zubiría Samper. Profesor Asociado. Departamento de Filosofía. Universidad de los Andes. Intervención en el Foro “Arte y Cultura para la Paz de Colombia”. 2014.

[2] García Canclini, N. (Editor). Políticas culturales en América Latina. México: Editorial Grijalbo, 1987.

[3] Ibíd., p. 114.

[4] Consultar Álvarez, S., Dagnino, E. y Escobar, A. (Editores) Política cultural & Cultura política. Colombia: Ediciones Taurus, 2001.

[5] Consultar Ochoa, A. M. Entre los deseos y los derechos. Un ensayo crítico sobre políticas culturales. Bogotá: ICANH, 2003.

 

Desde las Calles de Colombia

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Escrito por FUNDACIÓN WALTER BENJAMIN, COLOMBIA Martes, 27 de Mayo de 2014 09:24

TIEMPOS DE DEFINICIÓN

Conocidos los resultados electorales del 25 de mayo, que muestran el estado actual de las diferentes fuerzas políticas y de la abstención y siendo que OIZ aparece ganancioso con el 12% del total de votos del censo electoral, superando en 0,5% a Santos, producto de sus astucias inmersas en el Código Penal y de la campaña de terror orquestada por Uribe y sus compinches especulando sobre el peligro de las negociaciones con las Farc: la entronización del castro-chavismo, la entrega de la dirección de las FFMM y de Policía a las Farc etc., etc. y su manifestación expresa de liquidar el 8 de agosto las conversaciones de la Habana, una vez ganadas las elecciones; parece llegada la hora de las definiciones para Santos, la hora de tomar partido por la paz.

Porque, precisamente, amplios sectores políticos y sociales no terminan de creerle su compromiso real con la paz, cuando permite que su Ministro de Defensa despotrique contra el proceso y el mismo presidente haga permanentes afirmaciones que desdibujan su coherencia con el mismo.

Entonces se requiere algo más que el llamado terminante que le hace a las fuerzas conservadoras, verdes y de izquierda para que lo acompañen en la segunda vuelta, apelando a que sus banderas, las de ellos, serán tenidas en cuenta por su gobierno; esto por cuanto las cuentas no cuadran y en esas tres banderías las simpatías son disputadas entre OIZ y Santos y entre Santos y la abstención.

Se requieren definiciones políticas avanzadas para poder torcerle el cuello a la victoria probable de OIZ si no ocurren hechos significativos en este período hasta el 15 de Junio.

Hechos significativos que perfilen a Santos como un real defensor del proceso de conversaciones y de los acuerdos, del intento real de empezar a construir la paz, sin importar los dimes y diretes y los ataques arteros de los guerreristas, en tanto han de ser gestos y definiciones dentro del ordenamiento jurídico y acordes con lo pactado hasta la fecha:

Por ejemplo:

· Legalización de las Zonas de Reserva Campesina del Catatumbo y de Sumapaz que han llenado todos los requisitos que exige la Ley 160 de 1994.

· Mensaje de urgencia al Senado de la República para hundir las leyes estatutaria y reglamentaria de la salud actualmente en trámite y para entrar a discutir la ley presentada por la ANSA.

· Iniciación, antes del 15, de conversaciones públicas con el Eln.

· Reglamentación que supere dos o tres de los obstáculos, que no requieran reforma constitucional, que han sido acordadas en el punto dos de la agenda y que impiden, introducen inequitatividad o hacen inocua la participación ciudadana.

Unas medidas de este tenor mostrarían a un presidente – candidato realmente jugado por la paz merecedor del apoyo ciudadano hasta en los predios del actual voto en blanco o de la abstención consciente.

Ambigüedades como las que ha exhibido el Presidente hasta la fecha serán responsables de una victoria de la extrema derecha el 15 de junio y de la liquidación de este esfuerzo importante que su gobierno, las Farc y la ciudadanía hemos hecho durante estos casi dos años de existencia de la mesa de conversaciones.

Nadie podrá arrogarse el derecho de acusar a las fuerzas conscientes de la izquierda por no haber extendido un cheque en blanco a un Presidente básicamente neoliberal y pusilánime frente al proceso de paz que tuvo el valor de iniciar pero está dejando expósito en las garras del fascismo.

Aún es tiempo de definiciones.

Desde las calles de Colombia. Marzo 26 de 2014.

 

Bayardo Ariza Olarte.

 

DE MAGIL

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Escrito por FUNDACIÓN WALTER BENJAMIN, COLOMBIA Sábado, 10 de Mayo de 2014 11:57

LA OTRA MIRADA DE GABO

Por M. G. Magil

Si bien la necrofilia es uno de los vicios más inhumanos de la distinguida sociedad colombiana y de sus instituciones, hay situaciones en que saben aprovechar esos momentos de dolor para reivindicarse a cuenta de la memoria de la persona fallecida. Rebasando el oportunismo de su necrofilia, eso fue lo que sucedió recientemente con la muerte del premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, sin desconocer que muchos de los que se refirieron al nuevo viaje que inició Gabo, el pasado mes de abril, realmente fueron personas que tuvieron una cercanía, y con los que el autor de Cien años de soledad mantuvo una afectuosa amistad. Otros, simplemente quisieron colocarse medallas, porque compartieron momentos adversos que vivió el escritor, antes de convertirse en uno de los autores más destacados del boom de la literatura latinoamericana.

Lo cierto es, que de la mayoría de artículos y reportajes acerca de la muerte del Nobel colombiano, muy pocos lograron un análisis objetivo de la figura del colombiano más destacado del siglo XX, y sobre el cual considero que no se ha llegado a tener una visión serena de lo que significó su paso por este Mundo Ancho y Ajeno, parodiando la novela del escritor peruano Ciro Alegría (1941); él sí, muy cercano al pensamiento del realismo mágico macondiano, alejado de toda clase de lagarterías y tráfico de influencias, algo que en Colombia parece un mal endémico, tan perjudicial o más que el narcotráfico.

Sin olvidar la importancia literaria de su obra, es necesario rescatar lo no mediático del intelectual controvertido, que en la primera etapa de su vida, no sólo fue un periodista que manejó una ética y mantuvo una actitud crítica frente a lo que ocurría en Colombia y en el mundo, sino que incluso, cuando tuvo recursos, intentó sacar un medio periodístico alejado de la clase política tradicional, que al darse cuenta de la importancia del autor, hicieron todo lo posible por granjearse su amistad y algunos de ellos no dudaron en ayudarlo, tal como lo sacaron a relucir después de su muerte, ocultando su mezquindad y oportunismo, cuando Gabo es distinguido por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura en 1982, que lo alejó de la realidad colombiana; ya entonces había superado la Mala hora, y en su caso, comenzaba a vivir Cien años de soledad, porque el triunfo tan temprano lo alejó, aun más del país, pues siendo conocedor del medio, prefirió buscar refugio en la calle de Fuego, para alejarse del fuego mediático que lo iba a acosar, si regresaba a Colombia.

Es de señalar que en la década del 70, cuando apenas comenzaba su éxito editorial, no dudó en invertir en un medio de comunicación, como la revista Alternativa, tal vez el intento mejor logrado de periodismo investigativo, pero quienes fallaron fueron los aliados; también la falta de una oposición unificada que acompañara aquel proyecto periodístico, al que Gabo le apostó y en el que contó con la colaboración de los más destacados pensadores del momento, como el maestro Orlando Fals Borda, el poeta Nelson Osorio Marín, Arturo Alape, entre otros, que terminaron chocando con quienes dirigían la revista. No sé si a él le informaron de lo que en verdad ocurrió, pero durante casi un año estuvo saliendo la revista de quienes eran directores, la publicación paralela Alternativa del Pueblo, en la que escribían los que hicieron parte del equipo de redacción, bajo la dirección del maestro Fals Borda.

Para muchos fue conocida la decisión que tuvo García Márquez de donar la cuantía del Premio Rómulo Gallegos, al MAS de Venezuela, un movimiento político de tendencia socialista que apenas comenzaba y del que escasamente queda el recuerdo. Los intentos por crear una publicación en Colombia, siempre le preocupó al Nobel colombiano; el último sería la revista Cambio, y los aliados de nuevo fallaron, porque iban contra los principios ético periodísticos, que tanto inculcó en los talleres de redacción en que participó; en esa última publicación la alianza fue más maquiavélica, al nombrar como director a un promotor del modelo neoliberal, un ex ministro de telecomunicaciones, que durante su ministerio criminalizó la protesta social y mandó a la cárcel a los trabajadores de las telecomunicaciones, por oponerse a la privatización de Telecom, acusándolos de terrorismo y sabotaje a las instalaciones de la empresa, cuando el verdadero apátrida era él y el gobierno neoliberal en el que fungía de ministro, e hizo la tarea bien. Años después y frente a un auditorio medio vacío, la empresa Telefónica de España lo distinguió con un premio de novela, al que supuestamente habían convocado, pero del que nadie se enteró y tal vez fue el único participante.

La generosidad de Gabo y su compromiso, los colombianos pudimos apreciarlo en su columna del diario El Espectador. En una de ellas, escrita en 1981, se refiere a una polémica que se desató en Colombia y que traspasó fronteras, cuando un joven autor reclama a una editorial española, el 10 por ciento que estipulaba la Ley de Derechos de Autor del Código de Comercio colombiano y que era lo estipulado por la UNESCO. La editorial en cuestión, se negó y prefirió que el reclamo llegara a juicio, antes que acogerse a la ley; tener que dar la razón al desconocido autor al que acababan de otorgarle el Premio Nacional de Novela colombiana. Fue un debate difícil, hasta cuando Gabo, escribe en su columna de El Espectador, un artículo en el que sin mencionar al autor, deshilvana el nudo gordiano sobre derechos de autor, después de meses de debate acerca del justo reclamo del joven escritor. En un encuentro con el autor del Coronel no tiene quien le escriba, antes del Nobel, fue informado acerca de los vínculos que ya existían, de los carteles del narcotráfico y los candidatos presidenciales del mo­mento; uno, que aspiraba a reelegirse, los carteles le habían creado una ‘ventanilla siniestra’ en el Banco de la República, de la que no quedaron pruebas, sólo divisas; el otro, un candidato populista y conservador que acababa de recibir trescientos millones de pesos de la época, para su campaña presidencial.

Años más tarde, el periodista Fabio Castillo, en su libro Los Jinetes de la Cocaína, corrobora dicha información. Entonces, Gabo debió acordarse de ese desayuno en el que dos jóvenes periodistas, lo pusieron al tanto del vínculo de los carteles del narcotráfico y la clase política tradicional colombiana, que se ha consolidado con los años, aunque han tenido que sacrificar y en ocasiones traicionar a los jefes de dichos carteles.

La inmensa mayoría de los colombianos se pregunta por qué su Premio Nobel no volvió a vivir en el país; quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo un poco, saben que, a pesar de ser una persona tan influyente en la opinión pública, quería evitar a esta clase política corrupta, que prefirió dejar filtrar las instituciones del Estado por la narcopa­ra­polí­tica, antes que permitir un gobierno, cuya prioridad sea la paz con justicia social. Para conseguirlo, han procurado eliminar al contradictor político, en magnicidios impunes como el de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, e incluso Luis Carlos Galán, que comenzaba a descubrir dichos vínculos, cuando lo mataron. Otro tanto sucedió con el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien seguramente, había descubierto cómo los carteles del narcotrá­fico controlaban las instituciones del Estado, incluida la presidencia de la República. Con el holocausto del Palacio de Justicia, el sacrificio de los magistrados de las altas cortes, y la quema de expedientes y archivos, hacen borrón y cuenta nueva, para consolidar cien años de corrupción e impunidad.

Ésta es la otra mirada de Gabo, lo que explica la ausencia y el silencio que mantuvo respecto a lo que sucedía en su país, porque como el buen periodista que siempre fue, sabía que si comenzaba a investigar y escribir sobre estos temas, no sólo su vida corría peligro, sino también la de sus familiares más cercanos. Es lo que también ocurre con abogados, sindicalis­tas, líderes populares e indígenas, activistas y defensores de derechos humanos; personas que se atrevan a denunciar la corrupción e impunidad que hizo metástasis en casi todas las instituciones, locales, departamentales y nacionales. Lo lamentable, es que la corrupción afecta incluso a lo que se identifica como alternativa política a lo establecido, y sigue creciendo de manera alarmante el carrusel clientelista.

La falta de conciencia social y pertenencia de país, hace que esta clase de políticos, algunos con pedigrí, como los nietos del general Rojas Pinilla, han sido considerados alternativa, y resultan siendo algo más de lo mismo: corrupción, clientelismo endulzado con mermelada; tragando entero, sin mantequilla y sin rechistar, porque puede perder las migajas prometidas, al aceptar ser idiota útil en el carrusel de la corrupción y la impunidad.

 

Bogotá, 3 de mayo de 2014

   

Desde las Calles de Colombia

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Escrito por FUNDACIÓN WALTER BENJAMIN, COLOMBIA Jueves, 27 de Marzo de 2014 09:28

EN MEMORIA DE GILMA BENÍTEZ

Bayardo Ariza O.

La conocí en medio del maravilloso esfuerzo combativo que significó el Movimiento Popular de Mujeres, filón de varios proyectos de lucha feministas y populares  vigentes en nuestro país y que, además, posibilitó mi reintegro a la lucha social y política organizada luego de una década larga de trabajo de campo en nuestro bello campo colombiano con nuestra formidable, desafortunadamente aún dispersa, clase campesina.

Mujer dedicada a la organización y a la lucha por su clase y a la lucha general del pueblo colombiano, de los pueblos latinoamericanos, caribeños y del mundo. ¡Casi nada!

Controversial, sí.

Coherente y entregada a la causa, también.

Desaparecida prematuramente, afectada por  dura y dolorosa  enfermedad, desafortunadamente como tod@s l@s colombian@s del pueblo, maltratada por un sistema de salud afectado hasta la médula por las criminales políticas neoliberales vigentes en nuestro país.

Su sepelio en clave de dolor y combatividad de su hijo Camilo y esposa, su nietecito Camilo y de una pléyade de hombres y mujeres jóvenes que con gran sentimiento lo organizaron, logrando  un hermoso acto religioso, político y social con su máxima expresión en la Capilla de la Universidad Nacional - ¡¡ La misma que fuera trinchera religiosa y civil del gran Camilo Torres Restrepo !! -, me permitió asistir a una manifestación de solidaridad esperanzadora y digna de emulación por todas las fuerzas revolucionarias y progresistas de nuestra ciudad capital y de Colombia.

Allí me reencontré con compañeras y compañeros de Gilma de una pujante nueva generación de hombres y mujeres treintones y cuarentones, amén de cincuentones y sesentones y de uno que otro de mis contemporáneos, de diferentes tendencias políticas y organizativas del actual espectro político nacional, lo que me llenó de satisfacción por Gilma, sus familiares, amigos y copartidarios y me impulsó a escribir esta semblanza manifiesto.

Porque me permitió prefigurar esa misma actitud unitaria y solidaria, manifiesta públicamente por algunas de las personas que se pronunciaron pública y emotivamente – como su hijo Camilo - , trasladada al ámbito de la lucha de hoy en la que el campesinado, los pueblos indígenas y afrocolombianos, tan caros a Gilma Benitez, vienen liderando y mostrando el camino de lucha contra un sistema oligárquico y narcooligárquico que hace agua por todos lados y pretende seguir desangrando nuestro pueblo con más militarización y criminalización de la protesta social, al tiempo que adelanta tendenciosas conversaciones de paz con la insurgencia de las Farc.

Creo que Gilma, su espíritu de lucha y sus aspiraciones para el buen vivir del pueblo colombiano, se merecen un esfuerzo unitario de las diferentes fuerzas políticas y sociales revolucionarias y progresistas colombianas, casi todas presentes en su sepelio, para avanzar junto a las organizaciones campesinas, étnicas y populares hoy en primera línea, para procurar golpes serios a la “hegemonía” de los Santos, Uribe, Ordóñez y sus compinches que para no mostrar su verdadera fuerza están recurriendo desembozadamente a posturas indignantes como las que toman frente a la Alcaldía de Bogotá – destitución del Alcalde indeclinable ante la corrupción y apertura inmediata de pliegos de contratos a efectos de recibir por adelantado las coimas para la campaña electoral a la Presidencia de la República y a la Alcaldía de Bogotá, ya que sus arcas criminales se encuentran deficitarias luego de la faena groseramente criminal desarrollada en las pasadas elecciones para Congreso que, obviamente, ganaron por amplio margen - , soportadas en un desproporcionado incremento de las fuerzas militares y de policía, ya desproporcionadas, y de amenazas a quienes pretendan tomarse las calles y carreteras para la protesta social.

Calles y carreteras, fábricas y escuelas  que en adelante, junto al voto en blanco y/o la abstención en las elecciones presidenciales y el voto favorable al próximo candidato o candidata – ojalá unitario – a la Alcaldía de Bogotá, deben ser los escenarios idóneos de la lucha social y política para la paz con justicia social.

Paz en la tumba para Gilma Benitez.

Desde las calles de Colombia. Marzo 27 de 2014.

 

Bayardo Ariza Olarte.

 

Bienvenidos a las Calles de Colombia

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Escrito por ÁLVARO BOTERO, EDITOR Lunes, 10 de Marzo de 2014 18:05

ARRIBA LA MOVILIZACIÓN POPULAR

 

Terminadas las elecciones y faltando solamente los procesos interminables de denuncias por curules entre los diferentes residuos electorales, nos encontramos con más de lo mismo: abstención de las mayorías nacionales, un partido de derecha – bienvenido a la lucha directa y sin armas – que representa el 20% del 40% de l@s votantes, algo así como el 8% del espectro electoral (¡¡ el 8% !!), el centro derecha que es la derecha moderada en tiempos de moderación (que salta, mayoritariamente, a la derecha - derecha o al centro izquierda en tiempos de crisis, sea esta favorable a la derecha o lo sea a la izquierda respectivamente) un 27% del espectro y la izquierda ( con, mayoritario, perfil desdibujado por decir lo menos) un 5%.

Esto ratifica con creces que el tema electoral está corrompido por toda clase de trampas y tramoyas, ampliamente denunciadas por las fuerzas revolucionarias y de izquierda desde siempre y que ahora, en las conversaciones de paz de la Habana entre el gobierno nacional (sí, el de la unidad nacional, que con todo y el “repunte” del “Líder de Ralito” y sus compinches en estas elecciones, sale ganancioso de la contienda para el nuevo período) y las Farc, ha sido reconocido en el acuerdo sobre participación política.

Lo cual nos coloca en un escenario, previsto, de continuar con espíritu renovado la campaña por la participación directa, en calles y carreteras, en fábricas y escuelas, como única opción si de reivindicar y lograr los objetivos largamente acariciados de paz con justicia social se trata. Allí esperamos a los quemados del proceso electoral, a ese cinco por ciento de la izquierda, para que justifiquen su carácter so pena de ir desapareciendo del espectro de la izquierda. En la certeza que much@s de quienes hoy se ubican en el centro derecha cuando vean la formidable lucha de masas en todo su potencial se verán impelidos a sumarse al torrente que debe dar al traste con este estado y estos gobiernos antinacionales y antipopulares.

Es de esperarse que l@s derrotad@s, en esta lucha electoral inequitativa por decir lo menos, dejen de lado su frustración y no pretendan seguir en la división acusando al voto en blanco, a la abstención o apelando a cualquier otra excusa y se vinculen con decisión al impulso y realización de las importantes movilizaciones en ciernes.

Enarbolando las conclusiones del II Encuentro Nacional de Unidad Popular y las de la Cumbre Nacional Agraria: Campesina, Étnica y Popular debemos aprestarnos a movilizar al pueblo colombiano en este 2014, a efectos de conseguir una culminación exitosa de las conversaciones de paz con las Farc y las que, necesariamente, se deben lograr con el ELN y el EPL y la construcción de un poder popular que le dispute al nuevo parlamento, al nuevo gobierno y a la derecha la orientación de la política en nuestro país.

Superada la lucha armada y en medio de una realidad electoral envenenada por todo tipo de corrupciones y delitos, solo la lucha organizada y directa del pueblo colombiano nos dará la posibilidad de lograr las aspiraciones de democracia y justicia social.

Desde las calles de Colombia. Marzo 10 de 2014.

Bayardo Ariza O

Bayardo Ariza Olarte.

   

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